El millonario hizo su pedido en alemán solo para humillarla. La camarera sonrió en silencio. Lo que él no sabía era que ella hablaba siete idiomas y uno de ellos cambiaría su vida para siempre. El restaurante La estrella dorada brillaba con el esplendor de la opulencia. Candelabros de cristal colgaban del techo como constelaciones artificiales, proyectando destellos sobre manteles de seda blanca y cubiertos de plata pulida. Era el tipo de lugar donde los poderosos venían a celebrar su poder, donde el dinero hablaba más fuerte que las palabras y donde personas como Elena Navarro eran invisibles.
Elena caminaba entre las mesas con la bandeja perfectamente equilibrada sobre su mano derecha. Llevaba meses trabajando ahí, siempre con la misma rutina. llegar temprano, limpiar, servir, sonreír y volver a casa con los pies adoloridos y el orgullo intacto, porque eso era lo único que nadie podía quitarle, su orgullo. Aquella noche el restaurante estaba especialmente lleno. Empresarios, políticos, celebridades locales, todos riendo, brindando, ignorando por completo a quienes les servían como si fueran fantasmas con delantal. Elena se detuvo un momento cerca de la cocina, respirando profundamente.
El chef Augusto Peralta la observó desde su estación notando algo en su expresión. ¿Estás bien, pequeña?, preguntó con esa voz grave que siempre sonaba como un abrazo. Sí, chef, solo es una noche larga. Todas las noches son largas cuando trabajas para gente que cree que el dinero los hace mejores que tú. Augusto limpió sus manos en su delantal. Pero recuerda lo que siempre digo, la dignidad no tiene precio y tú tienes más dignidad en un dedo que todos ellos juntos en sus carteras.
Elena sonrió levemente. Augusto era de los pocos que la trataban como persona en ese lugar. Los demás, incluyendo algunos compañeros, la veían como la chica callada que nunca se quejaba, que aceptaba las propinas miserables y las miradas despectivas, sin decir una palabra. Lo que nadie sabía era por qué callaba. Lo que nadie imaginaba era lo que ocultaba detrás de esos ojos oscuros que observaban todo con una intensidad que pocos notaban. La puerta principal se abrió con ese sonido particular que anunciaba la llegada de alguien importante.
Elena giró instintivamente y vio entrar a dos hombres. El primero era mayor, con cabello canoso, perfectamente peinado hacia atrás, traje que probablemente costaba más que el salario anual de Elena. Caminaba con esa arrogancia natural de quienes nunca han tenido que preocuparse por nada en la vida. El segundo era más joven, quizás unos treint y tantos años, con ese aire de heredero que sabe que el mundo le pertenece por derecho de nacimiento. Ambos reían de algo, mientras el gerente del restaurante prácticamente corría hacia ellos.
Señor Alderete, qué honor tenerlo con nosotros esta noche. Su mesa favorita está lista. Maximiliano Alderete. Elena había escuchado ese nombre muchas veces. Era dueño de una cadena de restaurantes de lujo en toda la región, inversionista en bienes raíces y, según los rumores, un hombre que disfrutaba humillando a quienes consideraba inferiores, que según su criterio era básicamente todo el mundo. Sofía. La gerente se acercó a Elena con expresión tensa. Necesito que atiendas la mesa siete. Son los Alderete.
La mesa siete, pero esa siempre la atiende Marcos. Marcos está ocupado y ellos acaban de llegar. Ve ahora. Elena sintió un nudo formándose en su estómago, pero asintió sin protestar. Era su trabajo y necesitaba ese trabajo más de lo que nadie en ese restaurante podía imaginar. Se acercó a la mesa donde los dos hombres ya estaban sentados, todavía riendo de algún chiste privado. Cuando Elena llegó, ninguno de los dos la miró. Era como si fuera parte del mobiliario.
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