Todavía no. ¿Ves? Maximiliano señaló hacia ella como si fuera un espécimen de estudio. Ni siquiera pestañea. Probablemente está pensando en qué telenovela verá cuando llegue a su casita miserable. Elena respiró profundamente. Las palabras de su abuela resonaron en su mente como un eco del pasado. El verdadero poder no está en demostrar lo que sabes, sino en saber cuándo demostrarlo. Doña Mercedes, su abuela, la mujer que le había enseñado todo lo que sabía, la mujer que durante décadas había trabajado como traductora para embajadas, pero que nunca había recibido reconocimiento oficial porque no tenía títulos universitarios.
La mujer que hablaba nueve idiomas con fluidez y que le había transmitido ese don a Elena desde que era una niña. Siete idiomas. Elena hablaba siete idiomas con fluidez perfecta: alemán, francés, inglés, portugués, italiano, mandarín y, por supuesto, español. Cada uno aprendido en la cocina de su abuela, en las noches largas escuchando grabaciones, en los libros gastados que su abuela guardaba como tesoros. Pero nadie lo sabía porque Elena había aprendido que en un mundo que juzgaba por apariencias, mostrar sus cartas demasiado pronto era un error fatal.
Bueno, Maximiliano cambió al español con expresión aburrida. Ya que es obvio que no entiendes nada útil, te lo diré simple. Tráenos una botella del Chateau Margó 2005 y que esté a la temperatura correcta, si es que aquí saben lo que significa eso. Por supuesto, señor. Enseguida regreso. Elena se retiró con pasos medidos, su mente procesando todo lo que acababa de ocurrir. No era la primera vez que la humillaban, no sería la última. Pero algo en la crueldad deliberada de ese hombre, en su necesidad de sentirse superior usando un idioma que creía que ella no entendía, encendió algo dentro de ella.
En la cocina, Augusto la esperaba con expresión preocupada. Vi tu cara cuando volviste. ¿Qué te hicieron esos tipos? Nada que no haya escuchado antes. Elena, no tienes que aguantar esto. Hay otros trabajos. No hay otros trabajos que paguen lo suficiente para las medicinas de mi abuela. Chef, usted lo sabe. Augusto suspiró. Conocía la situación de Elena. Sabía que su abuela estaba enferma, que las cuentas médicas se acumulaban, que Elena trabajaba turnos dobles para poder sobrevivir. ¿Qué te dijeron?
Elena dudó un momento. El mayor habló en alemán. Pensó que no entendería. Dijo cosas horribles sobre mí. Los ojos de Augusto se agrandaron. Y tú, entendí cada palabra. Un silencio pesado cayó entre ellos. Augusto conocía algunas cosas sobre Elena que otros no sabían. Sabía que era diferente, especial de alguna manera que ella nunca explicaba completamente. ¿Qué vas a hacer? Elena tomó la botella de vino que había pedido Maximiliano y la colocó en la bandeja. Por ahora, mi trabajo.
Después, ya veremos. regresó a la mesa con la botella, mostrándola a Maximiliano como dictaba el protocolo. Él apenas la miró haciendo un gesto despectivo con la mano para que sirviera. Mientras Elena vertía el vino con precisión perfecta, Maximiliano volvió a hablar en alemán con su hijo. Sud ihre Hände an rau undutzt. Das ist das Leben der Unterschicht. arbeiten bis sie sterben, ohne jemals etwas wichtiges zu erreichen. Estaba comentando sobre las manos de Elena, diciendo que eran ásperas y gastadas, que esa era la vida de la clase baja, trabajar hasta morir sin lograr nada importante.
Rodrigo asintió, agregando en el mismo idioma: “Wenistens eines gescheinlich das einzige, was im leben hat. Al menos tiene una cara bonita. probablemente es lo único que tiene en la vida. Elena terminó de servir, manteniendo su expresión neutral, pero por dentro algo estaba cambiando. Una decisión se estaba formando, una que había evitado durante años, pero que ahora parecía inevitable. ¿Desean ordenar la cena?, preguntó en español perfecto. Trae lo mejor que tengas. Maximiliano. Ni siquiera miró el menú. Y espero que sea realmente lo mejor.
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