Elena llegó 10 minutos antes de la hora acordada y eligió una mesa en la esquina desde donde podía ver la puerta de entrada. Camila Fuentes llegó puntualmente. Era una mujer de unos 40 años con cabello oscuro recogido en un moño práctico y ojos que parecían analizar todo a su alrededor. Vestía de manera sencilla pero profesional y cargaba un maletín de cuero gastado por el uso. “Señorita Navarro”, se sentó frente a Elena sin preámbulos. Gracias por venir. Antes de hablar de nada, necesito saber cómo se enteró de lo que pasó.
Camila sonríó levemente. Tengo una fuente dentro de la estrella dorada. Alguien que presenció todo lo que pasó esa noche y que está muy cansado de ver cómo los Alderete tratan a las personas. ¿Quién? Eso no puedo revelarlo. Protección de fuentes. Pero lo que sí puedo decirle es que no es la primera vez que Maximiliano Alderete humilla a empleados de esa manera. Y tampoco es la primera vez que destruye la vida de alguien que se atreve a desafiarlo.
Camila abrió su maletín y sacó una carpeta. He estado investigando a Grupo Alderete durante 3 años. Tengo testimonios de exempleados despedidos injustamente, de competidores arruinados por tácticas ilegales, de funcionarios públicos sobornados para favorecer sus negocios. Pero nunca he podido publicar nada porque cada vez que me acerco demasiado alguien me amenaza o mis fuentes desaparecen. Desaparecen, no literalmente, pero de repente cambian de opinión, se mudan de ciudad, deciden que no quieren hablar más. El poder de los Alderete llega muy lejos, señorita Navarro, más lejos de lo que usted imagina.
Elena pensó en los documentos que su abuela le había dado, en las cartas, los contratos, los secretos de décadas. ¿Por qué me busca a mí? Porque usted hizo algo que nadie más ha hecho. Lo enfrentó públicamente. Y no solo eso, lo enfrentó en su propio idioma. Literalmente eso la convierte en un símbolo y los símbolos son poderosos. No quiero ser un símbolo, solo quiero proteger a mi familia. Entiendo eso, pero a veces la mejor forma de proteger a nuestra familia es exponiendo a quienes nos amenazan.
Camila se inclinó hacia adelante. Señorita Navarro, estoy preparando un reportaje que podría destruir a los Alderete, pero necesito más evidencia. Evidencia sólida que no puedan desmentir ni comprar. ¿Tiene usted algo así? Elena dudó. Confiar en una desconocida era arriesgado, pero seguir sola contra los Alderete era un suicidio. “Tengo documentos”, dijo finalmente. “documentos que mi abuela guardó durante décadas, contratos, cartas, acuerdos que prueban actividades ilegales. Los ojos de Camila brillaron con interés. ¿Qué tipo de actividades? Sobornos, evasión fiscal, acuerdos con personas que operaban fuera de la ley.
Todo traducido y documentado por mi abuela cuando trabajaba para Aurelio Alderete. Su abuela trabajó para los Alderete durante 5 años y cuando Aurelio murió, Maximiliano la despojó de todo lo que le correspondía legalmente. Camila se recostó en su silla procesando la información. Esto es más grande de lo que pensaba. mucho más grande. Hay algo más. Elena respiró profundamente. Maximiliano está planeando comprar el Hospital San Vicente. Quiere cerrar los departamentos que atienden a pacientes sin recursos. Mi abuela recibe tratamiento ahí.
¿Tiene pruebas de eso? Lo escuché directamente de su boca en alemán. Pensó que nadie entendía. Camila sacó una grabadora de su maletín. ¿Estaría dispuesta a dar un testimonio grabado? A contar todo lo que sabe, incluyéndolo de su abuela, Elena pensó en Mercedes, en su sonrisa cansada, pero orgullosa, en las décadas de silencio que había soportado, en la oportunidad de finalmente hacer justicia. Sí, estoy dispuesta. Durante las siguientes dos horas, Elena habló, contó todo. La noche en el restaurante, las humillaciones en alemán, la reunión en las oficinas de Grupo Alderete, la chantaje, las amenazas y luego contó la historia de su abuela.
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