EL MILLONARIO HIZO EL PEDIDO EN ALEMÁN PARA BURLARSE DE LA CAMARERA… PERO ELLA HABLABA 7 IDIOMAS…

Buenas noches, caballeros. Bienvenidos a La Estrella Dorada. Mi nombre es Elena y seré su camarera esta noche. ¿Puedo comenzar ofreciéndoles algo de beber? Maximiliano finalmente levantó la vista, pero no para mirarla a los ojos. La recorrió de arriba a abajo con esa mirada que Elena conocía demasiado bien. La mirada que evaluaba, que juzgaba, que descartaba en segundos. Mira, Rodrigo, dijo al hombre más joven, su hijo, según Elena recordaba. Qué amable que nos mandan a la más bonita.

Rodrigo soltó una risita. Aunque probablemente no sepa ni leer el menú, ¿verdad, padre? Ambos rieron. Elena mantuvo su sonrisa profesional, aunque por dentro sentía como si le clavaran agujas en el pecho. Había aprendido a soportar este tipo de comentarios. Había aprendido que responder solo empeoraba las cosas. ¿Qué desean beber? repitió con voz calmada. Maximiliano tomó el menú y fingió estudiarlo con exagerada atención. Luego miró a su hijo con una sonrisa que no auguraba nada bueno. ¿Sabes, Rodrigo?

Hace tiempo que no me divierto. Esta chica parece del tipo que apenas terminó la secundaria. Apuesto a que no sabe nada más allá de por aquí, señor y gracias por la propina. Padre, no seas cruel. Rodrigo dijo con falsa compasión. Seguramente sabe contar. ¿Cómo más calcularía las propinas que nunca le damos? Más risas. Elena apretó el bolígrafo en su mano con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos, pero su rostro permaneció impasible. Y entonces Maximiliano hizo algo que cambiaría todo.

Se inclinó hacia adelante con esa sonrisa depredadora que usaba en las negociaciones millonarias y comenzó a hablar en alemán. No cualquier alemán, alemán formal, technico, deliberadamente complejo. Ich möchte eine Flasche von eurem teuersten Wein bestellen, aber ich bezweifle, dass dieses arme Mädchen überhaupt versteht, was ich sage. Wahrscheinlich denkt sie, ich spreche Chinesisch. Elena escuch claramente cada palabra, cada matiz despectivo. Él había dicho que quería una botella del vino más caro, pero que dudaba que esta pobre chica entendiera lo que decía.

Probablemente pensaba que hablaba chino. Rodrigo estalló en carcajadas golpeando la mesa con la palma. Padre, eres terrible. Mira su cara. No tiene idea de lo que dijiste. Por supuesto que no. Maximiliano se recostó en su silla, visiblemente complacido consigo mismo. Esta gente apenas sabe español. alemán, por favor, necesitarías una educación real para eso, una que claramente ella nunca tuvo. Elena permaneció inmóvil. Su corazón latía con fuerza, pero no de vergüenza. Era algo diferente, algo que había aprendido a controlar durante años de práctica, porque Elena sí había entendido cada palabra, cada insulto disfrazado de idioma extranjero, pero no dijo nada.

Todavía no. ¿Ves? Maximiliano señaló hacia ella como si fuera un espécimen de estudio. Ni siquiera pestañea. Probablemente está pensando en qué telenovela verá cuando llegue a su casita miserable. Elena respiró profundamente. Las palabras de su abuela resonaron en su mente como un eco del pasado. El verdadero poder no está en demostrar lo que sabes, sino en saber cuándo demostrarlo. Doña Mercedes, su abuela, la mujer que le había enseñado todo lo que sabía, la mujer que durante décadas había trabajado como traductora para embajadas, pero que nunca había recibido reconocimiento oficial porque no tenía títulos universitarios.

La mujer que hablaba nueve idiomas con fluidez y que le había transmitido ese don a Elena desde que era una niña. Siete idiomas. Elena hablaba siete idiomas con fluidez perfecta: alemán, francés, inglés, portugués, italiano, mandarín y, por supuesto, español. Cada uno aprendido en la cocina de su abuela, en las noches largas escuchando grabaciones, en los libros gastados que su abuela guardaba como tesoros. Pero nadie lo sabía porque Elena había aprendido que en un mundo que juzgaba por apariencias, mostrar sus cartas demasiado pronto era un error fatal.

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