Elena sintió que el mundo se detenía. Su abuela dependía de ese hospital, de esos departamentos no rentables que este hombre quería cerrar. de médicos y enfermeras que trataban a pacientes sin importar cuánto dinero tuvieran. Sus manos temblaron, no de miedo, sino de algo más profundo. Una furia silenciosa que había mantenido contenida durante toda su vida comenzaba a desbordarse, pero no actuaría impulsivamente. Eso no era lo que su abuela le había enseñado. El momento correcto susurró para sí misma.
Todo tiene su momento correcto. Regresó a la cocina, donde Sofía, la gerente, la esperaba con expresión seria. Elena, los señores Alderé te han pedido hablar contigo específicamente. No sé qué hayas hecho, pero más vale que no hayas arruinado nada. El corazón de Elena se aceleró. ¿La habrían descubierto? ¿Habrían notado algo en su expresión que delatara que entendía? Caminó hacia la mesa con pasos firmes, preparándose para lo que fuera que viniera. Maximiliano la esperaba con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
“Siéntate”, ordenó señalando una silla vacía. “Señor, los empleados no podemos. He dicho que te sientes.” Elena obedeció lentamente, sintiendo las miradas de todo el restaurante sobre ella. Esto era inusual, completamente fuera de protocolo. Maximiliano se inclinó hacia adelante, estudiándola como si fuera un insecto bajo un microscopio. Mi hijo y yo hemos estado observándote toda la noche. Hay algo diferente en ti, algo que no puedo identificar. Y eso me molesta porque yo siempre identifico a las personas. Elena no respondió, solo lo miró directamente a los ojos, algo que claramente lo incomodó.
Te voy a hacer una oferta. Continuó Maximiliano. Necesito personal para mis restaurantes. Gente que sepa servir, que sea discreta, que no cause problemas. Pagaría el triple de lo que ganas aquí. Era una trampa. Elena lo sabía. Los hombres como Maximiliano no hacían ofertas generosas sin esperar algo a cambio. Es muy amable, señor, pero estoy bien donde estoy. La sonrisa de Maximiliano se congeló. Nadie le decía que no. Perdón. Dije que agradezco la oferta. Pero prefiero quedarme aquí.
Rodrigo soltó una risa incrédula. ¿Escuchaste eso, padre? La camarera está rechazando tu oferta. Maximiliano entrecerró los ojos. Creo que no entiendes tu posición, niña. No te estoy preguntando. Te estoy diciendo lo que vas a hacer. Y yo le estoy diciendo, con todo respeto, que mi respuesta es no. El silencio que siguió fue tan denso que podía cortarse con un cuchillo. Los comensales cercanos habían dejado de hablar, observando la escena con mezcla de horror y fascinación. Maximiliano se puso de pie lentamente, su altura imponente proyectando una sombra sobre Elena.
“Vas a arrepentirte de esto”. Su voz era baja, peligrosa. “Nadie me dice que no, especialmente alguien como tú.” Elena también se levantó, sorprendiéndose a sí misma con su propia audacia. Alguien como yo, repitió, “¿Y qué soy yo exactamente, señor Alderete?” Una don Nadie, “Una camarera que no sabe su lugar en el mundo.” Elena sonríó por primera vez en toda la noche. Sonríó genuinamente. “Tiene razón en algo, señor. Soy camarera, pero está equivocado en todo lo demás.” se giró para irse, pero la voz de Maximiliano la detuvo.
Du wirst berench zur Arbeit gekommen zu sein. Ich werde dafür sorgen, dass du nie wieder in Stadt arbeitest. Teirás de haber venido aa noch meuraré de que nunca vuelvas a trabajar en esta ciudad. Elena se detuvo, su espalda hacia él, su corazón latiendo con fuerza. El momento había llegado. Se giró lentamente, mirándolo directamente a los ojos. Y entonces en alemán perfecto con acento impecable respondió, ich verstehe jedes Wort, das sie heute Nacht gesagt haben, Herr Alderete, jede Beleidigung, jeden Plan.
Und ich verspreche ihnen, der einzige, der etwas bereuen wird, sind Sie. Entiendo cada palabra que ha dicho esta noche, señor Alderete, cada insulto, cada plan. Y le prometo, el único que se arrepentirá de algo será usted. La expresión en el rostro de Maximiliano fue algo que Elena nunca olvidaría. El color drenó de su cara. Sus ojos se agrandaron con una mezcla de shock e incredulidad. Rodrigo dejó caer su copa de vino, el líquido rojo derramándose sobre el mantel blanco como sangre sobre nieve.
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