EL MILLONARIO HIZO EL PEDIDO EN ALEMÁN PARA BURLARSE DE LA CAMARERA… PERO ELLA HABLABA 7 IDIOMAS…

Elena dio media vuelta y caminó hacia la cocina, dejando atrás el silencio atónito del restaurante más exclusivo de la ciudad. No sabía qué pasaría después, no sabía qué consecuencias tendría lo que acababa de hacer, pero por primera vez en mucho tiempo se sentía libre. Lo que no sabía era que esa noche era solo el comienzo, que Maximiliano Alderete no era el tipo de hombre que aceptaba ser humillado y que la guerra que acababa de comenzar revelaría secretos que cambiarían no solo su vida, sino la de todos los involucrados.

Porque en ese restaurante, bajo las luces de los candelabros de cristal, se había encendido una chispa que pronto se convertiría en un incendio y Elena Navarro estaba lista para arder. Las puertas de la cocina se cerraron detrás de Elena con un golpe sordo que resonó como el final de un capítulo y el comienzo de otro mucho más oscuro. Su corazón latía con tanta fuerza que podía sentirlo en las sienes, en las muñecas, en cada rincón de su cuerpo que temblaba con una mezcla de adrenalina y terror.

¿Qué había hecho? Augusto fue el primero en llegar a su lado, tomándola por los hombros con manos firmes. Elena, ¿qué pasó allá afuera? Todo el restaurante está en silencio. Nunca había visto algo así. Le respondí. La voz de Elena salió apenas como un susurro. En alemán le dije que había entendido todo. Los ojos de Augusto se agrandaron. Le respondiste a Maximiliano Alderete en su cara en alemán. Antes de que Elena pudiera responder, las puertas de la cocina se abrieron violentamente.

Sofía Miranda, la gerente, entró con el rostro descompuesto por la furia y el pánico. Elena, ¿qué demonios hiciste? El señor Alderete está furioso. Está exigiendo hablar con los dueños ahora mismo. Sofía. Él me estaba humillando. Pensaba que yo no entendía y no me importa lo que pensaba. Sofía la interrumpió bruscamente. Tienes idea de quién es ese hombre. Tienes la menor idea de lo que puede hacernos. Elena sintió como las paredes de la cocina se cerraban sobre ella.

Los otros empleados la miraban con expresiones que iban desde la compasión hasta el resentimiento. Algunos parecían admirados por lo que había hecho, pero la mayoría simplemente estaban asustados. Sofía. Augusto intervino. Sea lo que sea que haya pasado, Elena es una de nuestras mejores empleadas. No podemos. Silencio, Augusto. Esto no es asunto tuyo. Sofía se giró hacia Elena con ojos que destilaban frialdad. Estás suspendida, sin paga. Hasta que los dueños decidan qué hacer contigo. Ahora vete por la puerta de atrás.

No quiero que el señor Alderete te vea salir. Elena sintió como si le hubieran dado un golpe en el estómago. Suspendida, sin paga. Las palabras resonaban en su mente mientras pensaba en las medicinas de su abuela, en las cuentas pendientes, en el alquiler que debía pagar en días. Sofía, por favor, necesito este trabajo. Mi abuela está enferma y debiste pensar en eso antes de decidir jugar a la heroína. Sofía señaló hacia la puerta trasera. Fuera. Ahora. Elena buscó los ojos de Augusto esperando encontrar algo de apoyo, pero él solo pudo bajar la mirada con impotencia.

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