EL MILLONARIO HIZO EL PEDIDO EN ALEMÁN PARA BURLARSE DE LA CAMARERA… PERO ELLA HABLABA 7 IDIOMAS…

No había nada que pudiera hacer, no contra la gerente, no contra el peso del nombre Alderete. Con las manos temblando, Elena se quitó el delantal y lo dejó sobre la mesa de acero inoxidable. Caminó hacia la puerta trasera, sintiendo cada paso como si caminara hacia un precipicio. Afuera, el callejón estaba oscuro y olía a basura y humedad. Elena se apoyó contra la pared de ladrillos, dejando que las lágrimas que había contenido finalmente corrieran por sus mejillas. ¿Qué iba a hacer ahora?

Su teléfono vibró en el bolsillo. Era un mensaje de texto de un número desconocido. Cometiste un error muy grave esta noche y los errores se pagan. Atentamente, alguien que te estará observando. Un escalofrío recorrió su espalda. Maximiliano, Rodrigo, alguien que trabajaba para ellos. El mensaje era claramente una amenaza, pero ¿qué podían hacerle que no hubieran hecho ya? La respuesta llegaría más pronto de lo que imaginaba. Elena caminó por las calles vacías hacia la parada del autobús. A esa hora, el transporte público era escaso y tuvo que esperar casi 40 minutos en la oscuridad, mirando constantemente sobre su hombro, sintiendo que alguien la observaba desde las sombras.

Cuando finalmente llegó a su pequeño apartamento en las afueras de la ciudad, encontró a su abuela Mercedes despierta, sentada en su silla favorita junto a la ventana, mirando las luces distantes de la ciudad. “Llegaste temprano, mi niña.” La voz de doña Mercedes era débil, pero cálida, como siempre. ¿Pasó algo? Elena se arrodilló junto a su abuela, tomando sus manos arrugadas entre las suyas. ¿Cómo decirle la verdad? ¿Cómo explicarle que había perdido el trabajo que les permitía sobrevivir?

Abuela, yo hice algo esta noche, algo que tal vez no debía hacer. Los ojos de Mercedes, aunque cansados por la enfermedad, brillaron con esa inteligencia aguda que la edad no había logrado apagar. Cuéntame todo, Elena. Sin omitir nada. Y Elena lo hizo. Le contó sobre los Alderete, sobre las humillaciones en alemán, sobre los planes de comprar el hospital, sobre su respuesta y las consecuencias que siguieron. Cuando terminó, esperaba ver decepción en el rostro de su abuela. En cambio, vio orgullo.

Hiciste bien, mi niña. Mercedes apretó las manos de Elena con una fuerza sorprendente. Hiciste exactamente lo que debías hacer. Pero abuela, perdí el trabajo. No sé cómo vamos a Escúchame. Mercedes la interrumpió con firmeza. Yo pasé toda mi vida callando, toda mi vida siendo invisible para que gente como ese Alderete pudiera sentirse superior. Traduje para embajadores, para presidentes, para personas que gobernaban países enteros y ninguno de ellos supo mi nombre. Ninguno me agradeció. Ninguno vio más allá de la mujer que servía café y traducía sus palabras.

Las lágrimas corrían ahora por las mejillas de ambas. No quiero eso para ti, Elena. No quiero que vivas tu vida en silencio. Tienes un don, un don que yo te di con todo mi amor. Y ese don no es para esconderlo, es para usarlo, para defenderte, para defender a otros que no pueden defenderse solos. Elena abrazó a su abuela sintiendo el cuerpo frágil bajo sus brazos, los huesos que sobresalían donde antes había carne firme, el corazón que latía débilmente, pero con determinación inquebrantable.

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