El millonario llegó temprano a casa; la criada le susurró: «Cállate». La razón fue impactante.
La primera regla fue un susurro pegado al oído, caliente y urgente:
—No respires. Si te oyen, te mueres.
Mauricio Hale se quedó helado cuando una mano fuerte lo jaló hacia la oscuridad de un clóset. Le golpeó de inmediato el olor a jabón de lavanda y a miedo. La mano pertenecía a Aisha Reyes, su empleada doméstica: morena, mirada firme, labios apretados. Temblaba apenas en los bordes, como una cuerda tensa a punto de romperse, mientras ponía un dedo sobre sus labios.

Afuera, en el pasillo alfombrado de la mansión en Las Lomas, se oían pasos.
Mauricio pegó el ojo a una rendija de la puerta. Y su mundo se partió.
En el vestíbulo, bajo el candelabro de cristal, su esposa Verónica Salgado reía bajito. Esa risa que él había confundido tantas veces con ternura. Frente a ella, con un vaso de whisky en la mano, estaba Iván Hale, su hermano menor.
La escena era íntima, pero no amorosa. Era… fría. Estratégica.
—Sigue de pie —murmuró Iván, irritado—. Pensé que para estas alturas ya estaría…
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