Verónica abrió la boca. No salió nada.
Las cámaras se comieron su silencio.
Mauricio sintió la mano de Aisha en su manga, sosteniéndolo. Y entendió que su imperio de números y apariencias acababa de colapsar… en público.
Cuando las esposas cerraron, el salón quedó en un silencio raro: el silencio de la gente que se da cuenta de que estuvo aplaudiendo una mentira.
Los reporteros gritaban su nombre. Querían la frase, el escándalo, el “final perfecto”.
Mauricio no corrió hacia los micrófonos. Se volvió hacia Aisha.
Ella estaba un paso detrás, con el cuerpo firme, pero la mirada cautelosa. Como alguien que aprendió que la atención también puede cortar.
Mauricio sintió una vergüenza profunda por todo lo que no vio antes: cómo Aisha había caminado por su casa como sombra, cómo todos la trataban como mueble.
Se giró al frente, encaró las cámaras.
—Creí que el poder me protegía —dijo, la voz temblándole solo al inicio—. Creí que la sangre significaba lealtad. Creí que el dinero compraba seguridad.
Miró a Verónica e Iván, llevados lejos, deshechos.
—Estaba equivocado.
Tomó la mano de Aisha y la levantó para que todos la vieran. No como show. Como verdad.
—Esta mujer arriesgó todo cuando podía haberse ido. No lo hizo por premio. Lo hizo porque tiene algo más raro que mi fortuna: honor.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
