El millonario llegó temprano a casa; la criada le susurró: «Cállate». La razón fue impactante.

—Cállate —respondió Verónica con un fastidio que a Mauricio le quemó el pecho—. Le doblé la dosis en su jugo verde de la mañana. Si no cae hoy, cae mañana.

Mauricio sintió que el estómago se le volteaba.

En un segundo, todas las “casualidades” se alinearon como piezas de un rompecabezas cruel: los mareos en juntas, las náuseas después del desayuno, el temblor en las manos, esa debilidad súbita que él había atribuido al estrés. No era agotamiento. No era edad. No era presión.

Era veneno servido con beso en la mejilla.

Aisha no le dio tiempo de procesar.

Lo jaló hacia atrás, lo empujó por una puerta de servicio, bajó por la escalera trasera y lo llevó corriendo al jardín oscuro. Mauricio, aún aturdido, buscó su celular en el bolsillo por reflejo.

—¡Hay que llamar a la policía! —susurró.

Aisha se lo arrebató con un movimiento seco.

—No. —Su voz fue un cuchillo—. El comandante Velasco, tu “amigo”… está comprado. Llamarlo es firmar tu acta de defunción.

Mauricio la miró como si no entendiera el idioma.

—¿Qué dices? Velasco me ha…

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