El millonario llegó temprano a casa; la criada le susurró: «Cállate». La razón fue impactante.

—Te ha “ayudado” porque tú pagabas cenas y favores —escupió Aisha—. Pero Iván paga más. Y Verónica… —respiró hondo, conteniéndose— Verónica paga con otra cosa.

Llegaron a un sedán viejo, raspado, con asientos de vinil cuarteados. No era el tipo de coche en el que Mauricio se habría sentado nunca. Sin embargo, cuando Aisha encendió el motor con una segunda llave que parecía a punto de romperse, Mauricio sintió algo parecido a seguridad por primera vez en semanas.

Aisha condujo sin luces altas, mirando el retrovisor como si esperara ver faros siguiéndolos. En un semáforo, extendió la mano sin mirarlo.

—Reloj.

Mauricio dudó. El reloj pesado en su muñeca era un símbolo: juntas, poder, contratos. Un recordatorio de que él era “Mauricio Hale”. Aisha no discutió. Solo sostuvo la mano abierta, firme, exigiendo realidad.

Mauricio se lo quitó como si se arrancara una esposas.

—Celular.

Se lo entregó. Aisha respiró apenas.

—Ahora sí… desapareces.

Lo llevó a un yonke en Iztapalapa, donde torres de metal oxidado dormían como gigantes muertos. Abrió la ventana y arrojó el celular y el reloj a un contenedor, sin ceremonia.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.