El millonario llegó temprano a casa; la criada le susurró: «Cállate». La razón fue impactante.
El golpe metálico sonó como punto final.
Mauricio sintió una mezcla absurda de duelo y alivio. No era solo un teléfono y un reloj. Eran los últimos rastros de la vida que lo estaba matando.
—Acabas de borrarme —murmuró él.
—No —corrigió Aisha, sin apartar la vista del camino—. Borré el mapa que ellos usan para encontrarte. Tu celular canta torres. Ese reloj también se rastrea. Ahora tu punto se queda en un basurero. Que te busquen ahí.
Mauricio tragó saliva. La idea de que su hermano imaginara su cadáver le revolvió el estómago… y al mismo tiempo le dio una ventaja terrible.
—Entonces soy un rumor —dijo.
—Un fantasma —asintió Aisha—. Y los fantasmas sobreviven.
Le lanzó una sudadera vieja, una gorra deslavada.
—Cámbiate. Y baja la cabeza. Aquí, tu cara de “no pertenezco” es una alarma.
Mauricio se puso la sudadera. En el espejo lateral, se vio distinto: no el multimillonario de portadas, sino un hombre pálido, con miedo en los ojos.
Y aun así, debajo del terror, empezó a crecer una gratitud que dolía.
Porque Aisha no estaba tirando su vida. Estaba cortando la correa.
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