El millonario llegó temprano a casa; la criada le susurró: «Cállate». La razón fue impactante.
El barrio de Aisha no recibía extraños; los tragaba. Calles con luz intermitente, olor a aceite frito, lluvia vieja y concreto mojado. La casa era pequeña, pero adentro estaba impecable: como si cada objeto tuviera un lugar exacto para que el caos no se colara.
—Siéntate —ordenó ella, cerrando con doble seguro.
Mauricio apenas tocó el sillón angosto cuando la fiebre regresó como golpe. El mundo se le dobló. Quiso hablar, disculparse, levantarse, pero las rodillas le fallaron. Aisha lo sostuvo antes de que cayera.
—Suave —murmuró, acomodándolo—. Estás a salvo. Aquí… estás a salvo.
Esa palabra —a salvo— sonó falsa en su mente. En su mansión, con guardias y mármol, él bebía muerte en vaso de cristal. Aquí, con pintura descascarada y un ventilador ruidoso, estaba fuera de alcance.
Aisha hervía agua, le ponía paños fríos, lo obligaba a beber. Cuando Mauricio deliraba, volvía a escuchar las voces, nítidas como si estuvieran en el cuarto:
“Sigue respirando.”
“Entonces me aseguro de que no lo haga esta noche.”
“Le doblé la dosis en su jugo verde.”
Mauricio abrió los ojos empapados.
—¿Por qué…? —susurró, con la garganta ardiendo—. ¿Por qué me ayudas?
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