El millonario llegó temprano a casa; la criada le susurró: «Cállate». La razón fue impactante.

Aisha no dudó.

—Porque vi la verdad —dijo, y sus ojos brillaron en la luz tenue—. Y porque nadie merece morir en su propia casa… mientras los monstruos le llaman “amor”.

Mauricio quiso llorar, pero la fiebre le robó el aire.

El tercer día, la fiebre bajó. El miedo subió.

Mauricio se sentó, sosteniendo un vaso de agua en una taza astillada. Ya no peleaba por dormir. Peleaba con la memoria.

Recordó a Verónica poniéndole el jugo verde en la mano como ritual, besándolo en la mejilla.

—“Estás trabajando demasiado, mi amor.”

¿Cuántas veces le agradeció? ¿Cuántas sonrió?

Se le revolvió el estómago.

—Me dejé… —murmuró, quebrado—. Los dejé acercarse. Construí mi vida con gente que ya estaba cavando mi tumba.

Aisha le puso una palma firme en el hombro.

—Confiar no es un crimen —dijo—. Pero seguir ciego ahora sí lo sería.

Mauricio levantó la vista. Por primera vez la miró de verdad: no como “la señora que limpia”, sino como una mujer que estaba sosteniendo su vida con pura voluntad.

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