El millonario llegó temprano a casa; la criada le susurró: «Cállate». La razón fue impactante.

Algo cambió dentro de él. Del shock… al propósito.

—Si querían verme débil —dijo, poniéndose de pie con piernas inseguras— eligieron el final equivocado.

Aisha lo miró sin sonreír, pero asintió. Como si esa frase fuera la chispa que estaba esperando.

El problema fue que el peligro no solo venía de Verónica e Iván. Venía del mundo.

El vecindario tenía ojos.

La primera en sospechar fue la señora Cora, la vecina de enfrente, que barría su banqueta con demasiada paciencia. Miraba el coche estacionado. Miraba la puerta. Miraba demasiado.

Aisha cerró cortinas, habló menos, escuchó más.

—No es mala —le susurró a Mauricio—. Pero la curiosidad mata… cuando los que buscan ya están cerca.

Mauricio sintió culpa como piedra en el pecho.

—Debería irme —dijo.

Aisha negó una sola vez.

—No todavía. Si sales, te matan. Y si te ven, matan a quien te vio.

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