Cuando Diego Mendoza, el heredero más rico y solitario de Madrid, rechazó por décima vez bailar en el gran baile benéfico más exclusivo de la capital, nadie podía imaginar que todo cambiaría en el momento en que Carmen, la mujer de la limpieza, entró al salón con su hija vestida de camarera.
Lo que sucedió en esos 10 minutos de bals no solo conmocionó a los 300 invitados más influyentes de España, sino que reveló un secreto familiar. que Diego había guardado durante 20 años. Porque a veces el amor más puro se esconde detrás de los uniformes más humildes. Era la noche del 15 de marzo, cuando los salones dorados del palacio de cristal de la familia Mendoza, la mansión del siglo XVII en las afueras de Madrid, se llenaron de la crema de la alta sociedad madrileña para el tradicional baile de primavera. Las arañas de cristal de la
granja proyectaban reflejos dorados sobre los mármoles de Macael, mientras la orquesta de cámara entonaba balses bienes que resonaban entre las columnas de mármol rosa. Diego Mendoza, 35 años, heredero del Imperio Financiero Mendoza capital, valorado en 2,000 millones de euros, deambulaba entre los invitados con la elegancia glacial que lo había hecho famoso en los círculos de las altas finanzas.
Su smoking, a medida de Loeve y los gemelos de platino, que habían pertenecido a su bisabuelo, lo distinguían incluso entre los magnates presentes, pero eran sus ojos grises como el acero y su sonrisa controlada, lo que lo mantenía distante de todos. La velada había comenzado como siempre, una procesión de herederas, modelos e hijas de industriales que se acercaban a Diego esperando conquistar un baile y por tanto un lugar en su corazón y en su patrimonio.
Estaba Paloma Vázquez, hija del magnate textil, con su vestido de Palomo Spain que costaba lo que un automóvil. Lucía Martín, top model internacional, que lucía joyas de carrera y carrera valoradas en medio millón y Esperanza de Borbón, heredera aristocrática, cuya sonrisa estudiada ocultaba cálculos milimétricos sobre los beneficios de un matrimonio con los Mendoza.
Una tras otra, Diego las rechazó a todas con la misma cortesía fría y distante. No era arrogancia, sino una barrera infranqueable que había construido alrededor de su corazón. después de la tragedia que había marcado su juventud. 20 años atrás había perdido a su novia de toda la vida, Esperanza, hija del ama de llaves de la familia, en un accidente que aún lo atormentaba cada noche.
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