Junto a Carmen caminaba una joven de 24 años con largos cabellos castaños recogidos en un moño impecable y vistiendo el uniforme negro con delantal blanco del personal de servicio. Era Sofía López, licenciada en Bellas Artes por la Universidad Complutense, que esa noche estaba ayudando a su madre para ganar algunos euros extra para pagar el máster en restauración. que soñaba con cursar.
Sofía tenía algo extraordinario que trascendía su condición social. A pesar del uniforme de camarera, su porte era naturalmente elegante, sus movimientos fluidos como los de una bailarina, y en sus ojos color avellana brillaba una inteligencia vivaz y una sensibilidad artística que la distinguía inmediatamente.
Cuando madre e hija atravesaron el salón para llegar a las cocinas, un silencio imperceptible cayó sobre los invitados más atentos. No era solo la belleza de Sofía lo que capturaba la atención. sino algo más profundo, una autenticidad que contrastaba nítidamente con la artificiosidad del ambiente circundante. Diego, desde su observatorio privilegiado en la terraza, notó inmediatamente a la recién llegada.
Por primera vez en 20 años su mirada se fijó en una mujer y no pudo apartarla. No era atracción física, o al menos no solo eso. Era como si una descarga eléctrica lo hubiera atravesado, despertando emociones que creía enterradas para siempre. Sofía se movía entre los invitados con gracia natural, sirviendo champán y canapés con una sonrisa genuina que iluminaba su rostro.
No tenía la belleza perfecta y artificial de las herederas presentes, pero poseía algo infinitamente más valioso, una luz interior que la hacía magnética sin esfuerzo. Diego observó como Sofía interactuaba con los invitados. Era educada y respetuosa, pero no servil. Cuando un industrial catalán intentó ser inapropiado con ella, Sofía logró mantener la dignidad alejándose con clase, sin crear escenas, pero haciendo entender claramente sus límites.
Era fuerte, sin ser agresiva, dulce, sin ser débil. Lo que más impactó a Diego fue un momento específico. Mientras Sofía servía unas tapas a un grupo de señoras de la alta sociedad, escuchó a una de ellas comentar con desprecio el vestido de otra invitada. Sofía no dijo nada, pero Diego vio en sus ojos un destello de compasión por la mujer criticada y notó como discretamente se acercó a esa señora para elogiarla sinceramente.
Era un gesto pequeño, invisible para la mayoría, pero que revelaba un alma noble. Diego se dio cuenta de que estaba observando a alguien que poseía esa rareza absoluta que era la bondad genuina, algo que no había vuelto a ver desde que Esperanza había muerto. La orquesta estaba a punto de comenzar el bals más importante de la velada, aquel tradicional que abría la fase final del baile.
Como siempre, todas las damas presentes miraban hacia Diego esperando ser elegidas para esa danza que representaba el momento cumbre del evento social del año. Pero Diego por primera vez en dos décadas se dirigía hacia una mujer. Sus pasos lo llevaban inexorablemente hacia Sofía, que en ese momento estaba recogiendo copas vacías de la mesa del buffet, completamente ajena a la atención que había capturado.
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