El latido del corazón de Diego se aceleró mientras se acercaba. No sabía qué estaba haciendo. Solo sabía que debía hablar con ella. Debía descubrir quién era esa joven que había reencendido algo dentro de él que pensaba que había muerto para siempre. Cuando Diego se acercó a Sofía, todo el salón pareció contener la respiración.
Las conversaciones se apagaron gradualmente, las risas se desvanecieron e incluso la orquesta pareció tocar más piano, como si todos percibieran que estaba a punto de suceder algo extraordinario. Sofía estaba acomodando las copas de cristal en una bandeja de plata cuando sintió una presencia a sus espaldas.
Se giró y se encontró cara a cara con el hombre que había visto de lejos toda la noche, pero que ahora estaba frente a ella con una intensidad en los ojos que la dejó sin aliento. Diego la miró durante unos segundos que parecieron eternos. De cerca, Sofía era aún más fascinante. Su piel tenía el tono dorado de quien trabaja bajo el sol.
Sus ojos color avellana eran profundos y sinceros, y de sus manos ligeramente callosas se transparentaba una vida de trabajo honesto que contrastaba con las manos perfectamentecuidadas de las herederas presentes. Con una voz que traicionaba una emoción que no sentía desde hacía 20 años, Diego le dijo, “¿Me concedería este baile?” El silencio que siguió fue ensordecedor.
Sofía lo miró con incredulidad, segura de haber entendido mal. Era imposible que Diego Mendoza, el hombre más rico e influyente presente, le estuviera pidiendo a ella una camarera que bailara. Sin embargo, su mirada sincera y la mano extendida hacia ella no dejaban lugar a dudas. A su alrededor, el mundo de la alta sociedad madrileña estaba viviendo un shock colectivo.
Paloma Vázquez, que toda la noche había esperado ser elegida, palideció visiblemente. Lucía Martín se llevó una mano al pecho, como si hubiera recibido un golpe al corazón. Esperanza de Borbón miraba la escena con la boca abierta, incapaz de creer lo que estaba viendo. Los comentarios comenzaron a propagarse como una onda.
Se ha vuelto loco”, susurraba la condesa de Alba. “Una camarera. Una camarera”, murmuraba el conde de Romanones. “Esto saldrá en todos los periódicos mañana”, predecía amargamente la duquesa de Osuna. Pero Diego no escuchaba nada de todo esto. Sus ojos estaban concentrados solo en Sofía, que lo miraba con una mezcla de temor y asombro.
Sofía sabía que aceptar esa invitación significaría cruzar una línea invisible, pero infranqueable que separaba su mundo del de Diego. Carmen López, que había presenciado la escena desde lejos, se acercó discretamente a su hija con la intención de alejarla de la situación embarazosa. Pero cuando vio la mirada de Diego, algo la detuvo.
En esos ojos grises no había condescendencia o capricho de rico aburrido. Había algo que Carmen reconoció inmediatamente. Era la misma mirada que había visto 20 años atrás cuando Diego miraba a Esperanza. Sofía, después de lo que pareció una eternidad, dejó delicadamente la bandeja sobre la mesa más cercana.
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