Sus manos temblaban ligeramente, pero su voz era firme cuando respondió, “Sería un honor, señor Mendoza.” Diego le ofreció el brazo con la galantería de un caballero de otros tiempos y juntos se dirigieron hacia el centro de la pista de baile. Cada paso resonaba como un trueno en el silencio surreal del salón.
Los invitados se apartaron formando un círculo perfecto alrededor de la pista, como si asistieran a un evento de importancia histórica. La orquesta, después de un momento de incertidumbre comenzó a tocar un bals lento y melódico. Diego puso la mano derecha en la cintura de Sofía con delicadeza infinita, mientras con la izquierda tomó su mano.
El contacto fue eléctrico para ambos. Cuando comenzaron a moverse, sucedió algo mágico. Sofía se movía con una gracia natural que hacía que cada paso del bals fuera fluido como el agua. Nunca había bailado en un salón de gala, pero tenía en la sangre esa musicalidad que transformaba cada movimiento en poesía.
Diego, que no bailaba desde hacía 20 años, encontró inmediatamente el ritmo, como si su cuerpo hubiera esperado precisamente ese momento para volver a vivir. Mientras danzaban, el mundo a su alrededor parecía desvanecerse. Diego miraba a los ojos de Sofía y veía la misma pureza, la misma autenticidad que había amado en esperanza.
Pero Sofía no era una copia de esperanza. Era algo nuevo, único, inesperadamente perfecto. La danza duró 4 minutos, pero para Diego y Sofía fue como una eternidad de perfección. Cuando la música terminó y se detuvieron en el centro de la pista, el silencio del salón era total. Luego, lentamente comenzó un aplauso, no entusiasta, pero respetuoso, como si todos hubieran entendido que habían presenciado algo especial.
¿Te está gustando esta historia? Deja un like y suscríbete al canal. Ahora continuamos con el vídeo. Diego acompañó a Sofía a los márgenes de la pista y le besó delicadamente la mano como se hacía en los tiempos antiguos. “Gracias”, le dijo simplemente, pero en esa palabra había un mundo de significado.
Sofía se ruborizó y bajó la mirada. Luego regresó hacia las cocinas acompañada por su madre. Pero antes de salir del salón, se giró una última vez hacia Diego. Sus ojos se encontraron a través de la multitud y en esa mirada había la promesa silenciosa de que esa no sería la última vez. Las 24 horas siguientes al baile fueron un verdadero terremoto en el mundo de la alta sociedad madrileña.
La noticia de que Diego Mendoza había bailado con una camarera se extendió por los salones de la capital como un incendio descontrolado, alimentado por las redes sociales y los chismorreos de las damas que habían estado presentes esa noche. Los periódicos de la mañana recogieron la noticia con titulares sensacionales. El millonario y la cenicienta, escándalo en el palacio de cristal.
Titulaba El país. Diego Mendoza Shock, baila con la empleada doméstica proclamaba ABC. Incluso los tabloides internacionales se apropiaron de la historia, transformandoesa danza en un caso mediático de alcance europeo. Diego, sentado en su oficina del piso 42 del rascacielos de Cuatro Torres, que albergaba la sede de Mendoza capital, leía los periódicos con una mezcla de fastidio y determinación.
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