La mujer entró a la habitación como una tormenta de frialdad y perfume costoso. No venía sola; traía consigo a Santiago, el hijo adolescente de Rodrigo, y a Marcelo Herrera, el abogado que había convertido el divorcio de Rodrigo en un infierno años atrás.
—¡Soledad, querida! —la voz de Isabela goteaba una falsa dulzura—. Qué maravilloso verte. Aunque creo que ya no serás necesaria aquí.
—Usted no es bienvenida —respondió Soledad, convirtiéndose en una leona protegiendo a su cría—. El señor Rodrigo está en estado crítico.
—Exactamente —intervino el abogado Herrera, abriendo su maletín con eficiencia depredadora—. Y dado su estado, la señora Isabela, como madre del heredero, tiene ciertas prerrogativas legales.
Rodrigo escuchaba, sintiendo la bilis subir por su garganta. Pero lo que más le dolió no fue la codicia de Isabela, que ya conocía, sino la voz de su hijo.
—Mamá, ¿es este mi papá? —preguntó Santiago. Y luego, la pregunta que rompió el corazón de Rodrigo en mil pedazos—: ¿Es verdad que nos va a dejar todo el dinero cuando se muera?
El silencio que siguió fue una bofetada. Soledad se giró hacia el joven, indignada.
—¿En serio trajiste a tu hijo para preguntar por dinero mientras su padre muere? —espetó ella.
—Mira, señora —respondió Santiago con una arrogancia adolescente aprendida—, mi mamá me explicó que él siempre fue generoso con el dinero. Es normal que queramos saber qué pasará con sus propiedades.
—¿Generoso? —Soledad avanzó hacia él—. ¿Sabes cuántas noches tu padre lloró por ti? ¿Sabes que él ha vivido muerto en vida desde que te llevaron? Ser hijo no es solo compartir sangre, jovencito. Es estar presente.
Carmen, Miguel y Patricia aparecieron en la puerta, formando una barrera humana de solidaridad detrás de Soledad.
—Nosotros somos su familia —declaró Carmen con firmeza—. Nosotros estuvimos aquí en las Navidades solitarias y en las enfermedades.
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