Isabela, perdiendo la paciencia, miró al abogado.
—Licenciado, explique la situación. Rodrigo ya no está consciente. Es hora de tomar decisiones prácticas. Desconectar el soporte, asegurar los activos…
—¡Nadie lo va a tocar! —gritó Soledad, interponiéndose entre ellos y la cama—. ¡Mientras yo respire, nadie le hará daño!
—Es inútil, Soledad —se burló Isabela—. Eres una empleada. Él nunca te vio como nada más. Santiago es su sangre. Y cuando Rodrigo muera, y será pronto según los médicos, nosotros seremos los dueños de todo. Tú te irás a la calle.
—Que se queden con el dinero —dijo Soledad, tomando la mano de Rodrigo y llorando abiertamente—. Yo me quedo con él. Aunque no tenga nada, me quedaré a su lado hasta el último suspiro.
Una lágrima solitaria escapó del ojo cerrado de Rodrigo y rodó por su mejilla.
—¿Vieron eso? —gritó Soledad—. ¡Está llorando! ¡Nos escucha!
—Son reflejos post-mortem —dijo Isabela con desdén—. Termine con esto, abogado.
El Despertar del Juicio
Fue en ese preciso momento, en el clímax de la crueldad y el amor, que Rodrigo decidió que había escuchado suficiente.
Lentamente, abrió los ojos.
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