El Millonario que Fingió su Muerte para Probar la Lealtad de su Entorno: La Confesión de su Empleada que lo Cambió Todo

El efecto en la habitación fue inmediato y devastador. Isabela soltó un grito ahogado y retrocedió, chocando contra una mesa auxiliar. El abogado Herrera dejó caer su bolígrafo. Santiago se quedó paralizado, con la boca abierta. Y Soledad… Soledad cayó de rodillas, aferrándose a su mano como si fuera un salvavidas en medio del océano.

—Señor Rodrigo… —susurró ella—. ¿Está vivo?

Rodrigo giró la cabeza y sus ojos, claros y llenos de una determinación feroz, se encontraron con los de ella.

—Nunca estuve más vivo, Soledad —dijo con voz ronca pero firme—. Y nunca estuve más despierto.

Con ayuda de Soledad, se incorporó en la cama. La debilidad física era real, pero su presencia moral llenaba la habitación. Miró a su exesposa.

—Escuché todo, Isabela. Cada palabra. Cada plan. Cada mentira que le contaste a nuestro hijo.

—Rodrigo, yo… esto es un malentendido… —balbuceó Isabela, su máscara de control desmoronándose.

—No hay malentendidos —la cortó él—. Le dijiste a Santiago que yo no lo quería. Que lo abandoné.

Rodrigo miró a su hijo, quien parecía encogerse bajo la intensidad del momento.

—Santiago, he luchado en tribunales durante cinco años para verte. Tu madre bloqueó cada intento. Envié cartas, regalos, todo fue interceptado.

—¿Es verdad eso, mamá? —Santiago miró a Isabela, la duda y el dolor empezando a agrietar su fachada de arrogancia.

—Lo hice por tu bien… —intentó defenderse ella.

—¡Basta! —tronó Rodrigo.

La Evidencia Oculta

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