El millonario regresa a casa y queda atónito al ver a su único hijo con la nueva empleada en la cocina… El jet privado de Richard Hale aterrizó en Chicago justo cuando el sol comenzaba a ponerse en el horizonte.

Para el mundo, Richard era la imagen del éxito: un inversionista multimillonario, siempre en los titulares, siempre cerrando negocios. Pero al subir a la limusina que lo esperaba, su mente estaba lejos de contratos y fusiones.

Había estado fuera durante casi tres semanas. Tres semanas de reuniones interminables en Londres, tres semanas de llamadas perdidas de su hijo Ethan, que él justificaba con mensajes de texto rápidos. Esa noche, se dijo a sí mismo, sería diferente. Había comprado regalos costosos para Ethan: una tableta nueva, zapatillas deportivas, incluso un auto de juguete personalizado. Imaginó la sonrisa en el rostro del niño.

Cuando la limusina llegó a la entrada de su mansión suburbana, el pecho de Richard se llenó de expectativa. Sostenía el maletín con una mano y los regalos con la otra, y abrió la puerta. Esperaba risas, el sonido de los pasos de Ethan corriendo para recibirlo. En lugar de eso, silencio.

Entonces, voces. Suaves, que venían de la cocina.

Richard siguió el sonido, sus zapatos brillantes resonando sobre el suelo de mármol. Pero al llegar a la puerta, se quedó paralizado.

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