El millonario regresa a casa y queda atónito al ver a su único hijo con la nueva empleada en la cocina… El jet privado de Richard Hale aterrizó en Chicago justo cuando el sol comenzaba a ponerse en el horizonte.

Ethan estaba sentado en un taburete, con el rostro hundido en el hombro de Naomi, la nueva empleada. Ella tendría poco más de treinta años, con ojos cansados pero una presencia amable. Las lágrimas corrían por el rostro de Ethan mientras se aferraba a ella. Naomi lo abrazaba con cuidado, susurrándole palabras suaves, meciéndolo como una madre consuela a un niño después de una pesadilla.

Richard soltó las bolsas de los regalos. Cayeron al suelo con un golpe sordo.

—¿Ethan? —preguntó con voz temblorosa.

El niño levantó la mirada, con los ojos hinchados.

—Papá, por favor… no eches a Naomi. Ella es la única que se queda cuando lloro.

El estómago de Richard se retorció. Esperaba alegría, pero en su lugar se encontró con una verdad que no había visto —o que se había negado a ver—. Ethan no carecía de juguetes ni de aparatos. Carecía de amor.

En ese momento, Naomi intentó apartarse, asustada.

—Señor Hale, lo siento mucho… yo solo… él estaba muy triste —dijo, bajando la cabeza, con miedo de perder su trabajo.

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