El millonario regresa a casa y queda atónito al ver a su único hijo con la nueva empleada en la cocina… El jet privado de Richard Hale aterrizó en Chicago justo cuando el sol comenzaba a ponerse en el horizonte.
Richard levantó una mano, pidiéndole que se detuviera. Sus ojos no estaban en ella, sino en su hijo. Por primera vez en años, se arrodilló en el frío suelo de la cocina, quedando a la altura de Ethan.
—Hijo… ¿por qué lloras tanto cuando no estoy?
Ethan dudó, y luego habló con la cruel sinceridad de los niños:
—Porque la casa se vuelve demasiado grande… y vacía. Todos se van. Tú siempre te vas.
Las palabras atravesaron a Richard como una cuchilla. Se dio cuenta de que había intentado sustituir la presencia con dinero, el afecto con lujo, el amor con regalos.
Esa noche, Richard canceló compromisos, apagó el teléfono y se quedó. Se sentó a la mesa con Ethan, escuchó sus historias, lo ayudó con la tarea y lo acostó. Fue la primera vez en mucho tiempo que hizo todo eso.
A la mañana siguiente, algo había cambiado.
Richard llamó a Naomi para hablar. Ella entró en la sala con el mismo miedo en los ojos.
—Quiero darte las gracias —dijo él—. Hiciste lo que yo debería haber hecho hace años.
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