«El millonario se escondió para ver cómo su prometida trataba a su madre… hasta que la empleada hizo lo impensable.»
La voz de Marietta temblaba. “No es quien crees que es.”
Daniel Reyes sintió un escalofrío. Siempre se había guiado por la lógica, pero algo en Isabella ahora le parecía extraño, como una melodía hermosa ligeramente desafinada.

Las dudas en la voz de Marietta y los vacíos en las historias de Isabella se habían vuelto imposibles de ignorar.
Esa noche, Daniel no pudo dormir. Al amanecer, se encontraba frente a las pantallas de seguridad de su hogar inteligente, consciente de que quizá necesitaba protegerse de la mujer que amaba.
Le dijo a Isabella que partía a Singapur. La besó y vio su sonrisa, aparentemente despreocupada.
Pero, en lugar de dirigirse al aeropuerto, Daniel se deslizó hacia una habitación secreta detrás de la biblioteca.
Desde allí, observó. Pocos minutos después de que su coche desapareciera, Isabella cambió. Su sonrisa se desvaneció.
Su postura se endureció. Caminaba por la casa con un propósito frío, nada parecido a la mujer que él creía conocer.
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