Daniel sintió hielo. Miró hacia la sala donde Elena dormía, y supo que Ricardo estaba apostando a la única emoción inevitable.
“Si la amas,” continuó Ricardo, “ven solo. Te doy una hora. O la próxima visita no será una nota.”

Daniel cerró los ojos un segundo, respiró profundo, y cuando los abrió, su miedo ya se había transformado en decisión.
No iba a ir solo. No iba a ser imprudente. Pero tampoco iba a seguir huyendo mientras Ricardo escribía el guion.
Miró a Vargas, y Vargas entendió sin palabras, porque en esa mirada había un acuerdo silencioso: esta vez, el cazador sería cazado.
