La nota en la entrada parecía liviana, pero pesaba como una amenaza con dientes, y Daniel la sostuvo con dedos rígidos, evitando que su madre la viera.
Elena, sentada junto a la ventana, percibió el cambio en el aire antes de escuchar una palabra, porque el miedo tiene su propio sonido.
Lucía no preguntó de inmediato. Simplemente cerró la puerta con calma y dejó el bolso en silencio, como si ya supiera qué significaba.
Marietta se persignó y murmuró una oración breve, no por superstición, sino por costumbre de sobrevivir a familias peligrosas.
Daniel llevó la nota a la cocina, la colocó bajo la luz y la leyó otra vez, esperando que las letras cambiaran si miraba más tiempo.
“No ha terminado.” Solo cuatro palabras, pero eran suficientes para anunciar que Ricardo no aceptaría perder sin cobrar una deuda.
Daniel llamó a su jefe de seguridad, pidió refuerzos, cambió los códigos del hogar inteligente y ordenó revisar cada cámara externa.
Pero la tecnología no calmó su estómago. Había visto la mirada de Isabella cuando fue descubierta, y esa mirada no muere fácil.
En la sala, Elena acarició una taza de té sin beberla, como si el calor fuera un recordatorio de que todavía estaba viva.
“¿Otra vez problemas?” preguntó ella, fingiendo ligereza, aunque su voz revelaba el cansancio de quien ya fue objetivo una vez.
Daniel se arrodilló frente a ella y le habló despacio, con la paciencia de alguien que aprendió tarde que la verdad salva más que el silencio.
“Hay alguien insistiendo,” admitió, “pero no te tocarán, mamá. No voy a permitir que vuelvan a acercarse a ti.”
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El salón de la Casa de la Cultura estaba sofocante. El aire era…
Pavel Romanov siempre se consideró racional.
Un olor que no se puede ventilar
A veces una persona se borra de la vida no por un grito...
El 7 de enero de 1999, tres amigas, Olga Sinitsyna
