EL MILLONARIO SE ESCONDIÓ PARA VER CÓMO SU PROMETIDA TRATABA A SU MADRE… HASTA QUE LA EMPLEADA HIZO LO IMPENSABLE-DIUY-NANA

Esa misma noche, Vargas presentó su primera teoría: Ricardo no era un amante despechado de Isabella, era un operador, un recolector de herencias.

“Isabella era la cara,” explicó, “y Ricardo el cuchillo. Ella abre la puerta con encanto, él se queda con el botín.”

Daniel recordó la llamada, el tono de exigencia, la naturalidad con la que Ricardo hablaba de cambiar acuerdos como si cambiara una corbata.

“¿Cómo entró a nuestras vidas?” preguntó Daniel, y Vargas no dudó en responder, porque ya había visto ese patrón muchas veces.

“Entró por donde siempre,” dijo, “por la necesidad de creer en algo perfecto. Esa necesidad es un anzuelo, señor Reyes.”

Marietta escuchó desde el pasillo y murmuró, “La perfección es para las vitrinas, no para el corazón,” como si fuera un refrán viejo.

Mientras tanto, Isabella estaba fuera, en algún lugar de la ciudad, y Daniel sabía que no estaba quieta, porque los depredadores no descansan.

Dos días después, una de las cámaras captó un vehículo estacionándose lejos, sin placas visibles, con alguien observando la casa por veinte minutos.

Vargas amplió la imagen, capturó la silueta, y Daniel sintió un escalofrío cuando reconoció un gesto familiar, una forma de fumar.

“Ricardo,” dijo Daniel, y Vargas asintió, confirmando que la amenaza ya no era una frase, sino presencia física midiendo puertas.

Daniel aumentó guardias, instaló sensores adicionales y creó un protocolo de emergencia, pero el miedo no se deja programar.

Esa noche, Elena tuvo pesadillas, y Daniel la escuchó respirar agitada desde el pasillo, sintiéndose inútil pese a toda su seguridad.

Lucía se sentó junto a Elena, le contó historias suaves, y su voz funcionó como una cuerda lanzada a alguien que se hunde.

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