Daniel observó desde la puerta y sintió algo nuevo, no romance, sino gratitud profunda, la clase de emoción que no hace ruido.
Al tercer día, llegó una citación judicial relacionada con Isabella, y Daniel supo que el juego entraba en fase pública.
Isabella alegaba “malentendido,” decía que Daniel la había agredido, que Elena era manipuladora, y que ella había sido víctima de paranoia.
Daniel rió una vez, amarga, porque así operan las personas peligrosas: no niegan los hechos, atacan la credibilidad del testigo.
Vargas le pidió a Daniel que no reaccionara, que dejara que Isabella se ahorcara con sus propias contradicciones, y Daniel aceptó.
La audiencia preliminar se fijó rápido, y Marietta insistió en acompañar a Elena, porque la dignidad también necesita escolta.
Lucía se ofreció a ir, pero Elena le pidió quedarse, cuidar la casa, como si la casa misma fuera un paciente frágil.
En el juzgado, Isabella apareció impecable, vestida como una promesa, con ojos húmedos ensayados y manos temblorosas estratégicamente.
Ricardo se sentó detrás, discreto, como un guardaespaldas emocional, y su mirada se clavó en Daniel con odio calculado.
Cuando Daniel declaró, habló con calma, porque la rabia habría alimentado el teatro de Isabella, y la verdad no necesita gritos.

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