Describió el cuarto oculto, la llamada, los medicamentos intercambiados, el frasco escondido, y el momento en que Isabella se congeló.
La fiscalía presentó las grabaciones, y la sala cambió de temperatura, porque nada destruye un relato falso como una cámara silenciosa.
Isabella mantuvo la máscara hasta que se escuchó su voz diciendo “la anciana no sirve,” y entonces su mandíbula se tensó.
Ricardo apretó el puño, y Daniel vio claramente que ese hombre no se iba a rendir por una derrota legal.
Al salir del juzgado, un fotógrafo intentó acercarse, y Daniel lo ignoró, porque el espectáculo era lo que Ricardo deseaba.
Esa noche, Vargas confirmó que Ricardo tenía antecedentes con nombres diferentes, empresas fantasma, matrimonios rotos y acuerdos “ajustados.”
Daniel sintió náuseas al comprender que Isabella no eligió a Daniel por amor, sino por inventario, como quien elige una caja fuerte.
Volvió a casa con el corazón pesado, pero encontró a Elena despierta, esperando en la sala, sin té, sin televisión, solo verdad.
“¿Qué dijo el juez?” preguntó Elena, y Daniel se sentó a su lado, sintiendo que su madre había envejecido diez años en semanas.
“Hay evidencia,” respondió, “pero no es suficiente para dormir tranquilos todavía. Ricardo sigue libre, y eso significa peligro.”
Elena apretó los labios y asintió con una serenidad amarga, como si aceptara que algunas batallas llegan sin invitación.
Lucía apareció con una bandeja de sopa, dejó los platos y miró a Daniel como si evaluara una decisión importante.
“Podemos irnos unos días,” sugirió Lucía, “un lugar discreto. No es huir. Es respirar mientras el caso se arma.”
Daniel quiso decir que no, que la casa era fortaleza, pero recordó la nota, el auto, la mirada de Ricardo, y tragó su orgullo.
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