Intentó agarrarse a las tablas del muelle, pero sus manos resbalaron en la madera mojada. La ropa la arrastró hacia abajo, su respiración se entrecortó. Se agitó, tragó agua y se hundió de nuevo.
Se reían en el muelle.
—¡Grábalo, fílmalo, esto es épico! —dijo su nuera, levantando el teléfono.
—¡Abuela, guau, actriz del año! —gritó el segundo nieto.
Su propio hijo estaba a un lado, sonriendo torcidamente.
—Solo intenta asustarnos, quiere llamar la atención —dijo con la misma calma que si hablara del mal tiempo.
Se hundió de nuevo, y por un momento se hizo el silencio. Pero cuando emergió tosiendo, la risa reanudó.
—Bueno, ya basta de circo, salgan ya —dijo la nuera irritada.
Nadie le tendió la mano.
En un momento dado, por fin logró agarrarse al borde del muelle, apoyó los codos y, con dificultad, salió. Se quedó tumbada sobre las tablas, respirando con dificultad, con el agua goteando de su pelo y los labios temblorosos.
La risa se fue apagando poco a poco.
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