Había pasado solo una hora desde la despedida final cuando Ethan Walker, de siete años, tiró de la manga de su padre, con lágrimas corriendo por su rostro.
"Papá, tenemos que volver", suplicó. "Mamá no se ha ido. Me está llamando".
La pequeña multitud que se quedó después de la ceremonia guardó silencio. Una ligera llovizna había empezado a caer sobre el tranquilo Cementerio de Maplewood. Michael Walker, un capataz de construcción muy trabajador, se arrodilló junto a su hijo, intentando calmarle las manos temblorosas. Su esposa, Laura, había fallecido apenas tres días antes por lo que los médicos describieron como una afección cardíaca repentina.
"Ethan", susurró Michael con suavidad, "Mamá ya está descansando. Está en paz".
Pero la cabeza de Ethan negó con firmeza. "No, papá. Me llamó. La oí. Por favor, tenemos que ayudarla".
La sinceridad en su voz hizo que todos se detuvieran. No era una rabieta; era algo más profundo, una convicción inquebrantable que solo el corazón de un niño podía albergar.
Michael intentó calmarlo, pero la duda empezó a apoderarse de él. Esa mañana, él también se había sentido incómodo. Cuando tocó la mano de Laura en la funeraria, no estaba tan fría como esperaba. El personal lo había justificado como parte del proceso de preservación, pero algo no le había cuadrando.
Ahora, con Ethan llorando a su lado, Michael sintió que esa misma inquietud se convertía en miedo.
Se puso de pie con la voz temblorosa. "Necesitamos asegurarnos", le dijo al cuidador en voz baja.
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