El niño se mantenía con vida sólo gracias a máquinas y los médicos ya habían perdido toda esperanza… pero desde el momento en que su perro entró en la habitación, todo cambió.

La madre ya no dormía.

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Día y noche, permanecía a su lado, sosteniendo con ternura su pequeña mano. El padre permanecía en silencio, como si temiera expresar los pensamientos que lo atormentaban. Incluso los médicos, normalmente tranquilos y serenos, empezaron a apartar la mirada, incapaces de ocultar su desesperación. Parecía que toda esperanza se había desvanecido.

Pero alguien se negaba a rendirse.

El perro del niño: un pastor alemán llamado Rico.

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Todos los días, Rico esperaba fuera del hospital. Los padres iban y venían, pero él se quedaba cerca de la entrada, sentado pacientemente, emitiendo pequeños gemidos, como si rogara que lo dejaran pasar.

No se permitían animales en cuidados intensivos. Sin embargo, un día, una enfermera vio al perro, con la cabeza apoyada en el suelo frío, los ojos entrecerrados por el cansancio. Entonces le susurró al médico, casi en voz baja:

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