La lluvia golpeaba las ventanas de la pequeña pensión en las afueras de Barcelona cuando Elena Moretti recibió la llamada que destruiría su vida. Sus manos temblaban mientras sostenía el teléfono contra su oído, incapaz de procesar las palabras que escuchaba. Elena, lo siento, no puedo hacerlo. Mi familia, ellos no aceptarán esto. Tú no tienes nada, ni apellido, ni dinero, ni conexiones. Sería un suicidio social para mí. La voz de Ricardo Valmont, el hombre que hace apenas dos semanas le había jurado amor eterno, sonaba fría, calculadora, como si estuviera cancelando una reunión de negocios y no destrozando el corazón de la mujer que había esperado 3 años para ser su esposa.
“¡Ricardo, la boda es en tres días”, susurró Elena, su voz quebrándose. “Las invitaciones ya se enviaron. Mi vestido está listo. Tu madre ya aprobó el menú. Precisamente por eso te llamo ahora y no después. Mira, Elena, sé que esto es difícil para ti, pero tienes que entenderlo. Mi familia es una de las más antiguas de Barcelona. Los Valmont no se casan con hizo una pausa cruel. Con gente como tú, gente como ella. Elena cerró los ojos sintiendo cada palabra como una puñalada.
Gente como ella, huérfana desde los 12 años, criada en un orfanato en las afueras de la ciudad, trabajadora de limpieza en el hotel donde Ricardo se hospedaba durante sus viajes de negocios. Gente sin linaje, sin herencia, sin valor para familias como los Balmón. Pensé que me amabas, logró decir, las lágrimas comenzando a rodar por sus mejillas. Te tenía cariño, Elena, de verdad, pero el amor no paga las cuentas ni mantiene el respeto de la sociedad. Mi madre me consiguió una mejor opción, Isabela Fontén, hija del embajador francés.
Ella sí entiende mi mundo. El click del teléfono al colgarse resonó en la habitación vacía como un disparo. Elena se dejó caer en el borde de la cama, sus 28 años de vida derrumbándose a su alrededor. Había gastado todos sus ahorros en ese vestido de novia. Había renunciado a su trabajo en el hotel porque Ricardo insistió en que su futura esposa no debía trabajar en limpieza. Había cortado lazos con las pocas amigas que tenía porque él decía que no estaban a su nivel y ahora estaba sola, completamente sola.
En su mesita de noche, una foto la miraba ella y Ricardo en la costa brava sonriendo bajo el sol, él con su traje de diseñador, ella con el vestido más bonito que pudo comprar en una tienda de segunda mano. Recordaba ese día. Recordaba como la familia de Ricardo la había mirado durante la cena con desprecio apenas disimulado, como si fuera una mancha en su mantel de lino italiano. “No eres suficiente”, había dicho la madre de Ricardo esa noche cuando Elena salió al balcón del restaurante.
“Nunca lo serás. Mi hijo merece a alguien de su clase. Ojalá entre en razón antes de que sea demasiado tarde. Y ahora lo había hecho. Elena caminó hacia el pequeño baño de la pensión y se miró en el espejo. Sus ojos verdes, heredados de una madre que nunca conoció, estaban rojos e hinchados. Su cabello castaño, que había dejado crecer porque a Ricardo le gustaba así, caía desordenado sobre sus hombros. Eres hermosa”, le había dicho él una vez, “Pero la belleza no es suficiente en mi mundo.” Entonces, ¿qué era suficiente?
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