No, perdón completo, pero sí comprensión. Ricardo, ¿puedo preguntarte algo honesto, lo que sea? Y si yo nunca hubiera heredado ese dinero, si hubiera seguido siendo la empleada de limpieza, ¿habrías regresado alguna vez? La pregunta flotó en el aire como humo denso. Ricardo cerró los ojos, respiró profundo. No, y esa es la verdad que más me avergüenza. No habría tenido el valor de cuestionar lo que me enseñaron. Habría vivido una vida mediocre con alguien apropiado, preguntándome siempre qué pasó con la mujer que realmente me hizo sentir algo.
Gracias por la honestidad. ¿Aceptarás las acciones? Elena consideró. Con esa porción adicional tendría control casi completo de importaciones Balmont. Las compraré, pero con una condición. Vas a crear un fondo de becas para estudiantes de bajos recursos que quieran estudiar negocios. Usarás parte del dinero de la venta para eso y lo nombrarás Fondo Juliana Santoro en honor a mi madre. Los ojos de Ricardo se llenaron de lágrimas. Elena, no es por ti, es por los estudiantes que merecen oportunidades que la sociedad les niega por su código postal o apellido.
¿Aceptas? Sí, absolutamente sí. Estrecharon manos. Un acuerdo sellado no con romance. sino con respeto mutuo ganado a través del dolor y el crecimiento. Cuando Ricardo se fue, Lucía apareció de nuevo. ¿Ese era tu novio que te lastimó? Elena se sorprendió. Nunca había mencionado específicamente a Ricardo. ¿Cómo supiste? Hermana Magdalena me contó tu historia. Dijo que un hombre tonto te dejó, pero que eso te trajo hasta mí. Entonces estoy contenta de que fuera tonto. Elena rió abrazando a su hija.
Yo también, cariño. Yo también. Esa noche, mientras Lucía dormía en su habitación decorada con estrellas fluorescentes y pósters de científicas famosas, Elena salió a la terraza con una copa de vino. Miró las luces de Barcelona brillando como diamantes esparcidos. Pensó en su abuela Vitoria construyendo un imperio desde la nada. Pensó en su madre Juliana muriendo para darle vida. Pensó en la hermana Magdalena, dándole amor cuando no tenía nada más. Y pensó en ella misma, la niña huérfana que se convirtió en una de las empresarias más poderosas de Europa.
Pero más importante que eso, se había convertido en madre. En ejemplo, en prueba viviente de que el rechazo puede transformarse en redirección y el dolor en propósito. Su teléfono vibró. Un mensaje de Alesandro. Acabo de ver las noticias. Forbes te nombró entre las 100 mujeres más influyentes de Europa. Felicidades, presidenta. Elena sonrió, pero no respondió inmediatamente. En cambio, entró silenciosamente a la habitación de Lucía, observando a su hija dormir pacíficamente. Un libro todavía abierto sobre su pecho.
Este era su verdadero logro. No los millones en el banco. No el imperio empresarial. No la venganza dulce sobre quienes la subestimaron, sino esta niña, rescatada de la misma soledad que Elena había conocido, ahora durmiendo segura, sabiendo que alguien la amaba incondicionalmente, se arrodilló junto a la cama, acariciando suavemente el cabello rizado de Lucía. “Gracias”, susurró al universo, “A Dios, a sus antepasadas que le habían dado esta oportunidad. Gracias por cada rechazo que me trajo hasta aquí, por cada puerta cerrada que me obligó a construir mi propia entrada, por cada persona que me llamó no suficiente, porque sin ellas nunca habría descubierto cuánto valgo realmente.
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