El dinero, un apellido antiguo, conexiones sociales. Agarró su teléfono con manos temblorosas y marcó el número de la única persona que había sido constante en su vida, la hermana Magdalena, directora del orfanato donde creció. “Elena, hija mía.” La voz cálida de la anciana monja respondió después del tercer timbre. ¿Qué sucede? ¿Puedo escuchar el dolor en tu respiración? Canceló la boda, hermana. Ricardo. Él dijo que no soy suficiente para su familia. Un largo silencio siguió. Luego, con una firmeza que Elena no esperaba, ese hombre acaba de hacerte el mayor favor de tu vida, aunque ahora no lo veas.
Dios tiene otros planes para ti, Elena. Mejores planes. ¿Qué planes, hermana? Soy Elena. No tengo nada, ni trabajo, ni dinero, ni familia. Gasté todo en esa boda. Soy soy exactamente lo que su madre dijo. Nadie. Escúchame bien, niña. La voz de la hermana Magdalena se volvió más seria. Necesito que vengas al orfanato mañana. Hay algo importante que debo decirte, algo sobre tu familia, sobre quién eres realmente. El corazón de Elena se detuvo. Mi familia, hermana, usted siempre me dijo que no tenía familia, que me dejaron en la puerta del orfanato sin ninguna información.
Eso fue lo que te dijimos, porque así debía ser. Pero ahora que tienes 28 años, ahora que los documentos legales lo permiten, es tiempo de que conozcas la verdad. Es tiempo de que sepas quién fue tu abuela. Mi abuela. Sí, Elena, tu abuela. Una mujer que construyó un imperio desde la nada y que dejó instrucciones muy específicas sobre tu futuro. Ven mañana a las 10 de la mañana y Elena trae una identificación. Vamos a necesitarla para abrir una caja de seguridad que ha estado esperándote durante años.
La llamada terminó dejando a Elena en un silencio aturdido. Afuera, la lluvia seguía cayendo sobre Barcelona. En algún lugar de la ciudad, Ricardo Valmont celebraba su escape con una copa de champán. En su mansión familiar, su madre sonreía satisfecha por haber evitado semejante vergüenza social. Ninguno de ellos sabía que habían cometido el error más grande de sus vidas, porque Elena Moretti no era nadie, era alguien, y mañana su mundo cambiaría para siempre. Elena no durmió esa noche.
Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Ricardo diciéndole que no era suficiente. Pero ahora, mezcladas con esas imágenes dolorosas, aparecían preguntas que la mantenían despierta. ¿Quién había sido su abuela? ¿Por qué nadie le había dicho nada durante 28 años? ¿Qué había en esa caja de seguridad? A las 9 de la mañana ya estaba vestida y lista. Se miró en el espejo, pantalones vaqueros gastados, una blusa sencilla que había comprado en un mercadillo, zapatos que necesitaban reparación, la ropa de nadie, como diría la madre de Ricardo.
El viaje en autobús hasta el orfanato de San Cugat del Vallés tomó 40 minutos. Elena conocía cada curva del camino, cada parada. Había hecho ese trayecto cientos de veces cuando era niña, cuando las otras chicas del orfanato la molestaban por no tener apellido real, por no saber de dónde venía. Moretti era solo un nombre que la hermana Magdalena le había dado cuando llegó a las puertas del orfanato, envuelta en una manta azul, sin ninguna nota, sin ninguna explicación.
O eso le habían dicho. El orfanato de Santa Teresa apareció tras una curva, un edificio de piedra antigua, rodeado de jardines que Elena había ayudado a cuidar durante su adolescencia. La hermana Magdalena la esperaba en la entrada, pero no estaba sola. A su lado había un hombre de unos 60 años, impecablemente vestido con un traje gris oscuro, portafolio de cuero en mano, lentes de montura dorada, parecía importante, del tipo de hombres que Ricardo admiraba. Elena. La hermana Magdalena, extendió sus brazos abrazándola con la calidez que solo una madre podría dar.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
