El chóer abrió la puerta y ella salió como una aparición. El vestido Valentino era una obra maestra, rojo intenso, escote elegante, pero no exagerado, corte sirena que acentuaba cada curva con sofisticación absoluta. El collar de esmeraldas que adornaba su cuello había pertenecido a su abuela Vitoria, valorado en 2 millones de euros. Su cabello caía en ondas suaves sobre sus hombros, maquillaje impecable que resaltaba esos ojos verdes que ahora brillaban con confianza. Las conversaciones se detuvieron, todas las cabezas se giraron.
¿Quién es ella? Susurró alguien. Santoro Moretti, respondió otro. La heredera italiana. Dicen que vale más que todas las familias aquí juntas. Elena caminó hacia la entrada con la gracia de alguien que sabía exactamente quién era y cuánto valía. El coordinador de eventos prácticamente corrió hacia ella. Señorita Santoro Moretti, qué honor. Por favor, permítame escoltarla. La guió hacia el salón principal. Elena escaneó la multitud con calma, buscando caras específicas. Allí estaba Constanza Balmon, la matriarca familiar, vestida de azul marino, collar de perlas, conversando con un grupo de mujeres de la alta sociedad.
Aún no había notado a Elena y allí, junto a la barra, estaba Ricardo. Lucía, impecable en su smoking negro, cabello peinado hacia atrás, sonrisa encantadora mientras conversaba con un grupo de empresarios. A su lado, aferrada a su brazo como una posesión valiosa, estaba Isabela Fontén, rubia, delgada, vestida de blanco. Todo en ella gritaba dinero antiguo y abolengo. Elena sintió nada, ni dolor, ni rabia, ni siquiera satisfacción prematura, solo una calma absoluta. Señorita Santoro Moretti. Una voz masculina interrumpió sus pensamientos.
Un hombre de unos 45 años distinguido, se acercó con una sonrisa genuina. Andrés Montalvo, presidente de la Cámara de Comercio de Barcelona. Es un verdadero honor tenerla en nuestra ciudad. Leí sobre la adquisición de Santoro Textiles de tres fábricas en Andalucía la semana pasada. Movimiento brillante. Gracias, señr Montalvo. Aunque el crédito es de mi equipo ejecutivo, yo todavía estoy aprendiendo. No sea modesta. Su abuela era una leyenda en el mundo de los negocios. Claramente el talento corre en la familia.
Otros se acercaron. Presentaciones, tarjetas de negocio, invitaciones a cenas, a juntas directivas, a eventos exclusivos. En 15 minutos, Elena se había convertido en el centro de atención del salón y finalmente, inevitablemente, Constanza Balmón notó la conmoción. Elena vio el momento exacto en que la mujer mayor la reconoció. Los ojos de Constanza se abrieron. Su copa de champán se detuvo a medio camino hacia sus labios. El color desapareció de su rostro. se acercó con pasos medidos como un general evaluando al enemigo.
“Disculpen”, dijo a los empresarios que rodeaban a Elena, “¿Puedo robarles un momento a nuestra invitada de honor?” Los hombres se dispersaron. Elena y Constanza quedaron cara a cara. “Tú, cisó Constanza.” Su voz apenas un susurro venenoso. “¿Qué haces aquí?” Asistiendo a su gala, señora Balmont, recibí una invitación formal. No la autorizó usted. Esa invitación fue enviada a Vitoria Santoro Moretti, presidenta de Santoro Textiles. No a a ti soy yo, dijo Elena con calma helada. Victoria Elena Santoro Moretti, heredera y presidenta de Santoro Textiles, nieta de Victoria Santoro, o prefiere que use mi nombre completo en mi próxima donación benéfica.
Constanza palideció aún más. Eso es imposible. Tú eres, tú trabajabas limpiando habitaciones. Eres una don nadie sin familia, sin educación, sin sin qué, señora Balmont, sin dinero, sin apellido. Elena se inclinó ligeramente, su voz suave, pero letal, porque resulta que tengo ambas cosas. Siempre las tuve, solo que ustedes estaban demasiado ciegos por su arrogancia para verlo. Ricardo necesita saberlo. Oh, estoy segura de que lo descubrirá pronto, pero primero hay algo que me gustaría aclarar. Elena sacó un sobre de su bolso de noche Hermés.
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