EL REGRESO MORTAL: UN HIJO, UNA HERENCIA Y EL BESO DE LA TRAICIÓN

PARTE 1: LA SANGRE EN EL PAVIMENTO
La lluvia en la Ciudad de México no limpiaba los pecados; esa noche, solo servía para ocultarlos.

Eran las once de la noche cuando el Mercedes-Benz S-Class, negro y blindado, rompió la cortina de agua y frenó con una suavidad fantasmal frente a la imponente mansión de los Valderrama. Los faros recortaron la oscuridad, iluminando las rejas de hierro forjado que protegían una fortuna construida sobre cemento y acero. Pero dentro del auto, el dinero no servía de nada.

El chófer, un hombre corpulento llamado Roberto, bajó apresuradamente con un paraguas, pero se detuvo en seco al abrir la puerta trasera.

Lo que vio le heló la sangre.

Sebastián Valderrama, el único heredero del imperio, un joven de veintitrés años con el futuro en sus manos, estaba doblado sobre sí mismo. Su piel, usualmente bronceada, tenía el color de la cera vieja. Su camisa de lino, un recuerdo de las playas de Zihuatanejo, estaba pegada a su torso, empapada no por la lluvia, sino por un sudor frío y viscoso.

—¿Joven Sebastián? —preguntó Roberto, con la voz temblorosa.

Sebastián intentó responder. Abrió la boca, pero solo un gemido gutural, cargado de un dolor inenarrable, escapó de sus labios agrietados. Sus manos se aferraban a su abdomen como si quisiera contener sus propios órganos.

Del otro lado del vehículo, la puerta se abrió. Un zapato de tacón alto, inmaculado, pisó el charco sin dudar. Valeria.

La segunda esposa de Don Ernesto Valderrama emergió con la elegancia de una reina de hielo. Su vestido color marfil caía perfectamente sobre su figura escultural. No parecía alguien que acababa de aterrizar de un viaje de emergencia; parecía alguien lista para una gala. Rodeó el auto, el paraguas protegiendo su peinado perfecto, y miró al muchacho.

Sus ojos. Esos ojos verdes que solían fingir calidez en las cenas familiares, ahora eran dos pozos oscuros, indescifrables.

Sebastián, reuniendo la poca fuerza que le quedaba, intentó salir del auto. Puso un pie en el pavimento. Sus piernas temblaron violentamente. —Ayúdame… —susurró.

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