EL REGRESO MORTAL: UN HIJO, UNA HERENCIA Y EL BESO DE LA TRAICIÓN

Ernesto miró a su hijo, con los ojos vacíos. —La casa está vacía, Sebastián. Se lo llevó todo. Muebles, cuadros, joyas, cajas fuertes… Todo. Mientras estábamos aquí… ella desmanteló nuestra vida.

Sebastián cerró los ojos y se dejó caer en la almohada. El veneno en su sangre dolía, pero la traición dolía más. Valeria no solo quería su dinero o su vida. Quería borrarlos de la existencia.

Pero mientras la lluvia golpeaba la ventana del hospital, Sebastián sintió algo nuevo nacer dentro de él. Algo más fuerte que el arsénico.

Era odio. Y el odio, a veces, es el mejor combustible para sobrevivir.

PARTE 2: EL FANTASMA EN LA MANSIÓN
El regreso a casa no fue un alivio; fue entrar en la boca de un cadáver.

Dos días después de la confrontación en el hospital, los médicos firmaron el alta de Sebastián. Su cuerpo había procesado gran parte de las toxinas, pero su alma seguía envenenada. Caminaba despacio, apoyándose en un bastón de madera oscura que su padre le había comprado, pareciendo un anciano de veintitrés años.

El trayecto en el Mercedes fue un funeral silencioso. Don Ernesto miraba por la ventana, con la mandíbula tan apretada que se le marcaban los músculos del cuello. Sebastián miraba sus propias manos, pálidas y temblorosas, preguntándose si alguna vez dejarían de temblar.

Cuando el auto cruzó las rejas de la mansión Valderrama, la realidad los golpeó.

La casa estaba a oscuras. No había luces de bienvenida. No había personal esperando en la escalinata. Solo una estructura inmensa de piedra y cristal que parecía haber sido abandonada hace años, no días.

—¿Dónde están todos? —preguntó Sebastián, su voz apenas un susurro en el aire viciado del coche.

—Les di la semana libre —respondió Ernesto, con voz ronca—. No quería que nadie viera esto.

Bajaron. El silencio era absoluto. No se oían pájaros, ni el viento en los árboles, solo el eco de sus pasos sobre la gravilla. Ernesto abrió la puerta principal. El chirrido de las bisagras sonó como un grito en la oscuridad.

Encendió las luces del vestíbulo.

Sebastián soltó el aire de golpe. Se tambaleó y tuvo que aferrarse al brazo de su padre para no caer.

—Dios mío…

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.