EL REGRESO MORTAL: UN HIJO, UNA HERENCIA Y EL BESO DE LA TRAICIÓN

La mansión había sido desollada.

Donde antes colgaban obras maestras del arte mexicano, ahora solo quedaban rectángulos de pintura más clara en las paredes, como fantasmas de lo que hubo allí. Las alfombras persas, que habían amortiguado los pasos de la familia durante décadas, habían desaparecido, dejando expuesto un suelo de madera frío y desnudo que amplificaba cada sonido.

Caminaron como sonámbulos hacia el salón principal. Los sofás de terciopelo italiano: desaparecidos. Las esculturas de bronce: desaparecidas. El piano de cola donde la madre de Sebastián solía tocar Chopin: desaparecido.

Solo quedaba el polvo. Y el eco. Un eco cruel que rebotaba en las paredes vacías, burlándose de su pérdida.

—Fue legal —dijo Ernesto, y su voz se quebró en la última sílaba. Se apoyó contra una pared desnuda, deslizándose hasta quedar sentado en el suelo—. Vino con un equipo de mudanzas profesional. Tenía una orden judicial preliminar basada en la demanda de divorcio. “Bienes conyugales en disputa”, lo llamaron. Se llevó todo lo que tenía valor. Todo lo que podía venderse rápido.

Sebastián miró a su alrededor. No sentía rabia todavía. Sentía un vacío inmenso, como si le hubieran arrancado las entrañas. —No se llevó los muebles, papá. Se llevó nuestra historia.

Subió las escaleras con dificultad, el bastón golpeando toc, toc, toc contra la madera. Entró en la habitación de su padre. El armario de Valeria estaba abierto de par en par. Vacío. Ni un vestido. Ni un zapato. Ni una horquilla. Era como si nunca hubiera existido. Como si los últimos cinco años hubieran sido una alucinación colectiva.

Pero en la mesita de noche, del lado donde solía dormir Ernesto, había algo. Un sobre. Blanco. Inmaculado. El mismo tipo de sobre que Sebastián había visto en el avión. El mismo tipo de sobre que ella acariciaba antes de intentar matarlo.

Sebastián lo tomó. Sus dedos rozaron el papel frío. Estaba sellado con cera roja, un toque teatral que revolvió su estómago. —Papá —llamó.

Ernesto subió, con los ojos vidriosos. Al ver el sobre en manos de su hijo, palideció. —Ábrelo —dijo Ernesto, con un tono que mezclaba el miedo y la resignación.

Sebastián rompió el sello. Dentro había una sola hoja de papel grueso, perfumada con nardos. El olor golpeó a Sebastián con la fuerza de un puñetazo, transportándolo instantáneamente de vuelta a la habitación del hospital, a la playa de Zihuatanejo, al momento en que tragaba las pastillas blancas.

Leyó en voz alta. Su voz temblaba, pero ganaba fuerza con cada palabra.

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