“Querido Ernesto:
Si estás leyendo esto, significa que fallé. O quizás, que el destino tiene un sentido del humor retorcido. Sebastián sigue vivo. Qué inconveniente.
No me busques. Para cuando leas esto, estaré en un lugar donde tus abogados y tu dinero no pueden tocarme. No sientas culpa, cariño. Fuiste un esposo adecuado, aunque aburridamente predecible. Tu único defecto fue tener un hijo que se negaba a desaparecer.
Lo del arsénico fue necesario. No fue odio, fue negocios. Una viuda rica es una figura trágica y poderosa. Una divorciada es solo una estadística. Quería la tragedia. Quería el luto. Hubiera lucido hermoso en mí.
Disfruta de tu casa vacía. Te dejé los cimientos, que es lo único que realmente te importaba antes de conocerme. Ahora eres libre. Y yo también.
Con todo el amor que fui capaz de fingir,
B.”
Sebastián dejó caer la carta. El papel flotó suavemente hasta el suelo, aterrizando como una pluma de plomo.
Ernesto no gritó. No lloró. Se quedó mirando la carta con una expresión de horror absoluto. —”B” —susurró Ernesto—. Beatriz. Su segundo nombre. El nombre que solo usaba cuando… cuando se sentía ella misma.
—Es una confesión —dijo Sebastián. Sintió una chispa de esperanza encenderse en su pecho—. Papá, lo admite. Admite el arsénico. Admite que fue un negocio.
Ernesto negó con la cabeza, una risa histérica escapando de sus labios. —¿Una confesión? Sebastián, mira la carta. Está escrita a máquina. La firma es solo una inicial. Cualquier abogado defensor diría que la escribí yo, o que la escribiste tú para incriminarla. No hay huellas. Ella usaba guantes. Siempre usaba guantes.
La esperanza de Sebastián se apagó tan rápido como había surgido. Valeria, o Beatriz, o como se llamara ese monstruo, había ganado. Se había llevado el dinero, la paz y la dignidad de la familia Valderrama. Y les había dejado una nota de agradecimiento burlona.
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