EL REGRESO MORTAL: UN HIJO, UNA HERENCIA Y EL BESO DE LA TRAICIÓN

Esa noche, la mansión se convirtió en una prisión de sombras.

Sebastián no podía dormir. Cada crujido de la madera asentándose sonaba como pasos. Tac, tac, tac. ¿Había vuelto? ¿Estaba en el pasillo con otra dosis, con una almohada para asfixiarlo mientras dormía? Se levantó tres veces a revisar la cerradura. Puso una silla bajo el pomo de la puerta. Cerró los ojos y vio la sonrisa de Valeria. Abrió los ojos y vio la oscuridad.

El miedo no se iba. El miedo se había mudado con ellos.

Pasaron dos semanas. Semanas de abogados inútiles, de policías que tomaban notas con cara de aburrimiento y de periodistas acampando en la puerta de la mansión. “LA VIUDA NEGRA FALLIDA”, titulaban los periódicos. “EL ESCÁNDALO VALDERRAMA: ¿VENENO O INVENCIÓN?”.

Sebastián se encerró. Dejó de comer. La paranoia lo consumía. Ernesto se sumergió en el trabajo, intentando salvar lo que quedaba de su empresa, pero era un hombre roto. La vergüenza de haber metido al enemigo en su propia cama lo estaba matando más rápido que cualquier veneno.

Una tarde lluviosa, gris y pesada, Sebastián miraba por la ventana del salón vacío. Un coche se detuvo frente a la reja. No era un coche de policía. No era un coche de prensa. Era un sedán negro, antiguo pero bien cuidado. El corazón de Sebastián se detuvo. Es ella. Ha vuelto a terminar el trabajo.

Agarró su bastón como si fuera un arma y corrió cojeando hacia la entrada. —¡Papá! —gritó—. ¡Papá, alguien está aquí!

Ernesto salió de su despacho, pálido. Vieron cómo la puerta del coche se abría. Una figura femenina bajó. Llevaba un abrigo largo y un paraguas negro. Caminó hacia la puerta principal con determinación.

Sebastián retrocedió. El pánico le cerró la garganta. La silueta… la forma de caminar… era tan parecida a la de Valeria. La puerta sonó. Tres golpes secos.

Ernesto hizo un gesto a Sebastián para que se quedara atrás y abrió la puerta con cautela. —¿Quién es?

La mujer bajó el paraguas. No era Valeria. Era una versión de Valeria, pero envejecida, gastada por el tiempo y la tristeza. Tenía los mismos ojos verdes, pero sin el brillo cruel. Tenía la misma estructura ósea, pero suavizada por las arrugas de la preocupación. Tendría unos sesenta años.

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