EL REGRESO MORTAL: UN HIJO, UNA HERENCIA Y EL BESO DE LA TRAICIÓN

—¿Señor Valderrama? —preguntó la mujer. Su voz era firme, pero temblorosa en los bordes.

—¿Quién es usted? —Ernesto mantenía la puerta medio cerrada.

La mujer miró a Ernesto, y luego sus ojos viajaron hacia la penumbra del pasillo, encontrando a Sebastián. Suspiró, y el aliento formó una nube blanca en el aire frío.

—Me llamo Elena Ruiz —dijo—. Soy la madre de Valeria.

El silencio que siguió fue más pesado que el de la casa vacía. Sebastián sintió que la sangre le hervía. ¿La madre? ¿Venía a burlarse también? ¿A reclamar lo que su hija había olvidado?

—Lárguese —escupió Sebastián, avanzando cojeando—. ¡Lárguese de mi casa! ¡No queremos nada de esa familia!

Elena no se movió. No retrocedió. Sostuvo la mirada de Sebastián con una dignidad dolorosa. —No vengo a pedir nada, joven. Vengo a devolverles la vida.

Ernesto miró a la mujer, buscando algún rastro de engaño. Solo vio cansancio. —Déjala entrar, Sebastián —dijo Ernesto, abriendo la puerta.

—¡Papá!

—Dije que la dejes entrar. Quiero oír lo que tiene que decir.

Elena entró. Miró las paredes vacías, las marcas donde habían estado los cuadros, y bajó la cabeza avergonzada. Se sentó en la única silla que quedaba en el vestíbulo, una silla de madera simple que los de la mudanza habían ignorado. Dejó su bolso grande sobre su regazo.

—Sé lo que mi hija hizo —comenzó Elena, sin preámbulos—. Sé lo del veneno. Sé lo del robo. Lo sé todo porque ella me llamó.

—¿La llamó? —Ernesto dio un paso adelante—. ¿Dónde está?

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