EL REGRESO MORTAL: UN HIJO, UNA HERENCIA Y EL BESO DE LA TRAICIÓN

—España —respondió Elena—. Barcelona. Está celebrando. Cree que es intocable.

Sebastián se acercó, apoyándose pesadamente en su bastón. —¿Por qué está aquí? ¿Viene a negociar?

Elena negó con la cabeza lentamente. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no dejó que cayeran. —Mi hija… Valeria no nació siendo un monstruo, señor Valderrama. Yo la crie para ser buena. Pero la vida… la vida la rompió. Elena sacó un pañuelo y lo apretó entre sus manos. —Hace diez años, se iba a casar. Estaba enamorada, perdida, tontamente enamorada de un hombre. Un mes antes de la boda, él la dejó. La dejó sin nada, con deudas que él había puesto a su nombre, y se fue con una mujer más joven y más rica.

Elena miró a Sebastián. —Ese día, algo murió en ella. La dulzura se pudrió. Me dijo: “Nunca más, mamá. Nunca más seré la víctima. A partir de ahora, yo seré la que quite, no a la que le quitan”. Se obsesionó con la seguridad. Con el dinero. No para gastarlo, sino para usarlo como escudo. Se convenció de que el amor es una debilidad y que los hombres como usted, Don Ernesto, son solo recursos.

—Eso no justifica que intentara matarme —dijo Sebastián, frío como el hielo.

—No —dijo Elena con fuerza—. Nada lo justifica. Por eso estoy aquí. Porque aunque es mi hija, y la amo con todo lo que me queda… lo que ha hecho es imperdonable. Ha cruzado una línea que no tiene retorno.

Elena abrió su bolso. Sacó una carpeta gruesa, de cuero marrón. —Ella cree que es lista. Cree que borró todo. Pero Valeria tiene una debilidad: su arrogancia. Y su confianza en el hombre equivocado.

—¿Qué hombre? —preguntó Ernesto.

—Ricardo Álvarez —dijo Elena, pronunciando el nombre con asco—. Su amante. Y su cómplice.

Sebastián y Ernesto intercambiaron una mirada de confusión. —¿Ricardo Álvarez? —repitió Ernesto—. ¿El hermano de mi abogado?

—Exacto. —Elena puso la carpeta sobre las rodillas de Ernesto—. Ricardo planeó la parte legal. Él le dijo cuándo pedir el divorcio. Él le consiguió el arsénico a través de contactos en el mercado negro. Y él… él guardó los recibos.

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