EL REGRESO MORTAL: UN HIJO, UNA HERENCIA Y EL BESO DE LA TRAICIÓN

—¿Recibos? —Sebastián casi se rio. ¿Recibos de un asesinato?

—Correos electrónicos —corrigió Elena—. Mensajes de texto. Transferencias bancarias a cuentas en las Islas Caimán. Ricardo es paranoico. Guardó todo como “seguro de vida” en caso de que Valeria intentara traicionarlo a él también.

—¿Y cómo tiene usted esto? —preguntó Ernesto, abriendo la carpeta. Sus ojos recorrían los documentos con avidez, sus manos temblaban de nuevo, pero esta vez no de miedo, sino de adrenalina.

—Porque Ricardo es tonto —dijo Elena, con una sonrisa triste—. Dejó una copia de seguridad en mi casa hace meses, “por si acaso”. Cuando Valeria me llamó desde España, burlándose de cómo había engañado a la muerte y a la justicia… no pude soportarlo más. Busqué la copia. Y vine aquí.

Elena se puso de pie. Parecía haber envejecido diez años en los últimos cinco minutos. —Ahí está todo. La planificación del viaje a Zihuatanejo. La compra del veneno. La estrategia para vaciar la casa. Es suficiente para enterrarlos a los dos.

Ernesto levantó la vista de los papeles. Tenía lágrimas en los ojos, pero eran lágrimas de alivio. Por primera vez en semanas, respiraba. —Doña Elena… —dijo Ernesto, con la voz quebrada—. ¿Sabe lo que esto significa para su hija? Irá a prisión por décadas.

Elena asintió. Una lágrima solitaria finalmente rodó por su mejilla. —Lo sé. Pero prefiero visitarla en una prisión que saber que está libre destruyendo otras vidas. Prefiero ser la madre de una convicta que la madre de una asesina impune.

Se giró hacia Sebastián. —Perdóname, hijo. Por haberla traído al mundo. Por no haberla detenido antes.

Sebastián miró a la mujer. Vio el dolor infinito de una madre que tiene que elegir entre su sangre y su conciencia. Soltó el bastón. Dio un paso y, ante la sorpresa de todos, abrazó a Elena. Fue un abrazo torpe, rápido, pero cargado de una gratitud inmensa. —Gracias —susurró él—. Usted me acaba de salvar la vida por segunda vez.

Elena se separó suavemente, se secó los ojos y caminó hacia la puerta. —Hagan lo que tengan que hacer. Que Dios nos perdone a todos.

Cuando la puerta se cerró tras ella, el silencio volvió a la mansión. Pero ya no era un silencio vacío. Ernesto miró a Sebastián. Sebastián miró a Ernesto. En medio de la sala despojada, sin muebles, sin cuadros, sin alfombras, padre e hijo sonrieron. Una sonrisa lobuna, peligrosa.

Ernesto levantó la carpeta en el aire. —Llama a la policía, Sebastián —dijo, y su voz recuperó el trueno de autoridad que había perdido—. Llama al fiscal. Y llama a la prensa.

—¿A la prensa? —preguntó Sebastián.

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