EL REGRESO MORTAL: UN HIJO, UNA HERENCIA Y EL BESO DE LA TRAICIÓN

—Sí. Vamos a hacer ruido. Vamos a cazarlos. —Ernesto caminó hacia donde solía estar su escritorio, aunque ahora solo había aire—. Ella quería ser famosa. Quería ser una viuda trágica. Bien. Vamos a hacerla famosa. Vamos a convertir su rostro en la imagen de la traición en cada aeropuerto de Europa.

Sebastián recogió su bastón. El dolor en su estómago seguía ahí, pero ahora se sentía diferente. Ya no era una herida. Era combustible. —Se acabó el luto, papá —dijo Sebastián—. Empieza la cacería.

Afuera, la lluvia cesó. La luna rompió las nubes, iluminando la mansión vacía que, de repente, ya no parecía un cementerio, sino un cuartel de guerra.

PARTE 3: EL VEREDICTO DE LA SANGRE
La justicia es lenta, dicen. Pero cuando tienes dinero, pruebas irrefutables y la furia de un padre traicionado, la justicia puede moverse con la velocidad de un depredador.

Con la carpeta de Elena Ruiz en manos de las autoridades, la maquinaria se puso en marcha. No fue una investigación; fue una cacería. Los documentos detallaban cada paso de la conspiración: las fechas de compra del arsénico, los sobornos a funcionarios bancarios, los correos encriptados entre Valeria y Ricardo Álvarez burlándose de la “estupidez” de los Valderrama.

Interpol emitió una Ficha Roja en menos de 48 horas.

En Barcelona, la vida de Valeria era una fiesta perpetua. Vivía en un ático con vista al Mediterráneo, compraba ropa que costaba más que un auto promedio y cenaba en los mejores restaurantes con Ricardo. Creía que había ganado. Creía que el silencio de Ernesto era derrota.

Se equivocaba. El silencio de Ernesto era la calma antes del disparo.

Fue una mañana de martes. Valeria tomaba café en su terraza, disfrutando de la brisa marina. Ricardo estaba en la ducha. El sonido no fue un timbre. Fue un estruendo. La puerta del apartamento voló en pedazos.

Un equipo táctico de la Policía Nacional española entró gritando. Valeria ni siquiera tuvo tiempo de levantarse. Dos agentes la inmovilizaron contra la mesa de cristal, derramando su café sobre la seda blanca de su bata. Ricardo salió del baño, desnudo y aterrado, solo para ser arrojado al suelo y esposado.

—¡Me están lastimando! —gritó Valeria, con esa indignación de quien nunca ha escuchado un “no”—. ¡Soy ciudadana mexicana! ¡Exijo a mi abogado!

Un oficial la levantó bruscamente. —Señora, su abogado también está detenido.

La imagen de Valeria siendo sacada del edificio, despeinada, sin maquillaje y con las manos esposadas a la espalda, fue la portada de todos los periódicos en México al día siguiente. Ernesto compró el periódico. Lo puso sobre la mesa de la cocina vacía. Sebastián lo miró. —No se ve tan poderosa ahora —dijo Sebastián. —No —respondió Ernesto—. Solo se ve como lo que es. Una delincuente común.

 

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