Sus rodillas cedieron.
El golpe fue seco, brutal. Sebastián cayó sobre el asfalto mojado, el agua sucia mezclándose con su sudor. El dolor le atravesó el estómago como un cuchillo al rojo vivo, haciéndole arquear la espalda en un espasmo de agonía.
Valeria se arrodilló junto a él. No para abrazarlo. No para consolarlo. Con una mano enguantada en piel negra, le tocó la frente. El gesto fue clínico, casi robótico. Retiró los dedos rápidamente, como si la piel ardiendo del chico le repugnara.
—Llama a la ambulancia —ordenó.
Su voz no tenía pánico. No había miedo. Era una orden fría, cortante como el cristal roto.
Roberto, el chófer, salió de su estupor y marcó el número de emergencias con dedos torpes. Mientras él hablaba a gritos pidiendo ayuda, Valeria hizo algo que nadie debía ver.
Con una calma aterradora, abrió su bolso de diseñador. Sacó un sobre blanco, grueso, sellado. Lo miró por un segundo, un segundo eterno donde una media sonrisa, imperceptible para el mundo pero clara para el diablo, cruzó su rostro. Lo volvió a guardar. Luego, levantó la vista hacia la mansión, donde las luces del salón principal brillaban ajenas a la tragedia.
Valeria suspiró. El primer acto había terminado.
Tres semanas antes, la muerte no estaba en la agenda. Solo la soledad.
La mansión Valderrama era un mausoleo de lujo. Desde la muerte de la primera esposa de Don Ernesto, la madre de Sebastián, el silencio se había apoderado de los pasillos. Pero la llegada de Valeria, cinco años atrás, no había traído la alegría prometida. Había traído un orden estricto, una belleza fría y una distancia insalvable entre padre e hijo.
Don Ernesto, el magnate de la construcción, se había convertido en un extraño. Un hombre consumido por los números, obsesionado con mantener a su joven esposa feliz, y ciego ante el abismo que se abría con su hijo.
—Necesitas descansar, Sebastián —le había dicho Valeria una tarde, encontrándolo en la biblioteca.
Su voz era suave, como la seda que siempre vestía. Sebastián levantó la vista de sus libros de arquitectura. Se sentía asfixiado en esa casa. Asfixiado por las expectativas de su padre, por la ausencia de su madre, por la perfección plástica de Valeria.
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