EL REGRESO MORTAL: UN HIJO, UNA HERENCIA Y EL BESO DE LA TRAICIÓN

—Tu padre está imposible —continuó ella, acercándose y poniendo una mano sobre su hombro. El perfume de nardos que usaba era embriagador—. Creo que un viaje nos haría bien. Tú y yo. A la casa de la costa, en Zihuatanejo. Solo una semana. Deja que tu padre se ahogue en sus negocios unos días. Tú necesitas aire.

Sebastián miró a su padre esa noche durante la cena. Don Ernesto apenas levantó la vista de su teléfono. —Ve —dijo Ernesto, sin mirarlo—. Te hará bien. Valeria necesita compañía y yo no puedo dejar la fusión de la empresa ahora.

Esa indiferencia dolió más que un golpe. “Ve”. Como si fuera un estorbo. Sebastián aceptó, no por el viaje, sino por la necesidad desesperada de huir de esa mesa, de ese silencio, de ese padre que ya no lo conocía.

Los primeros días en Zihuatanejo fueron un espejismo.

El sol era brillante, el mar tenía ese azul profundo que cura el alma. Y Valeria… Valeria era diferente allí. Se reía. Le contaba historias de su juventud, de sus viajes por Europa, de su amor por el arte. Parecía humana. Parecía, por primera vez, una amiga y no la intrusa que dormía en la habitación de su madre.

Caminaban por la playa al atardecer del tercer día. El cielo era una acuarela de naranjas y violetas sangrientos. Llegaron a una pequeña capilla abandonada, con las paredes carcomidas por el salitre.

—¿Sabes? —dijo Valeria, deteniéndose frente a una cruz de madera podrida—. Tu padre me prometió el mundo. Amor, respeto, pasión.

Sebastián la miró. El viento jugaba con el cabello de ella, pero su rostro estaba tenso. —¿Y no te lo dio?

Valeria soltó una risa amarga, un sonido seco que asustó a unas gaviotas cercanas. —Me dio su apellido. Y me dio una jaula de oro. —Se giró hacia él, y sus ojos brillaron con una intensidad que Sebastián confundió con tristeza—. Una jaula muy hermosa, Sebastián, pero una jaula al fin.

—¿Por qué te quedas, entonces? —preguntó él. La pregunta era arriesgada, íntima.

Valeria lo estudió. Fue una mirada depredadora, evaluando a su presa, calculando el peso de su alma. —Porque a veces, querido… las jaulas son más seguras que la libertad. El mundo allá afuera es cruel con las mujeres que no tienen nada.

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