Antes de que él pudiera procesar la oscuridad de esas palabras, ella sonrió de nuevo, esa sonrisa de máscara perfecta, y sugirió volver para la cena.
Esa fue la última noche que Sebastián se sintió sano.
El declive comenzó sutilmente. Durante la cena de mariscos, sintió una punzada. Un nudo en el estómago. Nada alarmante. Quizás un camarón en mal estado. Se disculpó y fue a su habitación.
Pero la madrugada trajo el infierno.
Sebastián despertó ahogándose. Su corazón latía desbocado, golpeando contra sus costillas como un pájaro atrapado. Estaba empapado. Intentó levantarse, pero el suelo se inclinó violentamente. Gateó hasta el baño, aferrándose a las paredes, y vomitó hasta que solo salió bilis y sangre.
Se miró al espejo. Sus ojos estaban inyectados en sangre, los labios grises.
Tambaleándose, llegó a la habitación de Valeria. Golpeó la puerta. Ella abrió al instante. Demasiado rápido. Llevaba una bata de seda negra y el cabello recogido, como si hubiera estado esperando.
—¿Sebastián? —Su voz sonaba alarmada, pero su postura era rígida.
—No me siento bien… —jadeó él, apoyándose en el marco de la puerta—. Creo que… necesito un médico.
Valeria lo sostuvo antes de que cayera. —Shhh, tranquilo. Debe ser algo que comiste. El calor, el marisco… ven.
Lo llevó de vuelta a su cama. Sebastián se sentía un niño pequeño, indefenso. Valeria desapareció un momento y volvió con un vaso de agua y dos pastillas blancas, pequeñas y anodinas.
—Tómalas —dijo—. Son para la infección estomacal y el dolor. Te ayudarán a dormir.
Sebastián las tomó. Confió en ella. Era la esposa de su padre. Era quien lo había llevado a ver el mar. Tragó las pastillas, sintiendo cómo raspaban su garganta irritada.
—Gracias, Valeria —susurró, mientras la oscuridad de un sueño químico lo arrastraba.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
